Casi como si nada, se coloca en el tapete el tema de la reelección indefinida del presidente. Una propuesta absolutamente inconstitucional y antidemocrática, de pronto, toma cuerpo y ya no aparece tan desechable cuando el mismo Presidente ahora la utiliza, primero como una amenaza y, luego, como una alternativa para resolver, no problemas nacionales sino la posible reelección de un alcalde. Entonces, como por arte de magia, los asambleístas, que forman la mayoría, cambian el disco y retiran los reparos políticos y éticos sobre la reelección indefinida. Puesto que el Presidente lo desea, la posibilidad de modificar la Constitución va de remota posibilidad a exigencia histórica y moralmente necesaria. Desde una suerte de servilismo, no se detienen a reflexionar sobre cuánto afectaría esa modificación a la esencia misma de la democracia. No piensan que con la elección indefinida se renuncia a los principios elementales de la democracia. No reparan en que la elección indefinida significa la claudicación absoluta de la libertad política. Algún peregrino dice que hay que consultar al pueblo puesto que el pueblo tiene la última palabra. ¿Cuál pueblo? Seguramente el de las eternas manipulaciones por parte del poder desde que somos país. A ese pueblo, al que se refieren con unción taimada ciertos asambleístas, no se le puede dar a escoger entre la permanencia perpetua en el poder de un personaje determinado que puede poseer muchísimo carisma político y social y la alternancia política, médula de la democracia. En esa posible consulta habría de entrada una trampa, pues ese pueblo no poseería como acto la capacidad de discernimiento político cuando debe discriminar temas no comparables con su pan de todos los días. Ese pueblo ve lo eminentemente fáctico: la carretera, la casa, el hospital, la escuela. ¿Cómo olvidar que, en un país cercano un revolucionario gobernó con elecciones sesenta años: siempre fue el único candidato y, cuando ya anciano, dio en herencia a su hermano la democracia?
La elección indefinida es antidemocrática e inmoral. La alteridad implica el reconocimiento del otro como ente político capaz de gobernar. Cambio de un político a otro incluso cuando ambos pertenezcan a una misma ideología. Lo otro es volver a lo teocrático del poder y a esa suerte de locura de considerarse imprescindible e inmortal. La alteridad se sostiene en un principio de discontinuidad e incluso de ruptura dentro de lo que implica tanto la ideología política cuanto las formas de ejercer el poder. Por supuesto que el poder halaga, enorgullece, gratifica. Pero la democracia dice que, al ser elegido, tienes un tiempo determinado para hacer lo que debes y puedes hacer, para que lo hagas de la mejor manera posible, para que disfrutes del deber cumplido y para que los otros alaben tu compromiso con el bien público y no personal. Luego viene otro a continuar y a mejorar lo que hiciste y, sobre todo, a proponer nuevas alternativas.
La democracia dice que nadie es imprescindible aunque todos sí son necesarios. (HOY)
Rodrigo Tenorio Ambrossi es psicoanalista y psicoterapeuta. Estudió en Quito, Bogotá y México.