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Recordar buenos principios

  • Actualizado: 29 agosto 2013 /

Para vivir bien el día de hoy me diré: “Este es el día que hizo Dios. Me gozaré y alegraré en Él, viviendo cada momento con especial atención y dedicación”. Buscaré cumplir la voluntad del Señor y para eso por la mañana haré mi oración personal, dedicando un tiempo a la misma y en un lugar aislado, porque la soledad y el silencio son necesarios para el crecimiento personal, para el encuentro con Dios. Intentaré este día ver en cada hermano la presencia de Dios y lo trataré con respeto y tendré comprensión y paciencia con aquellos que por su condición y dificultades me ocasionan turbación.

Tendré la suficiente madurez para reírme de mí mismo, no tomarme tan en serio y captar con sinceridad cuáles son mis obsesiones, manías y caprichos que me causan problemas con los demás. Con humildad y valentía intentaré ir despojándome de esa basura mental y emocional que me resta paz y energía e incomoda a los demás. Tendré conciencia de que debo “sacar al niño que hay en mí” para jugar, reír y ser sencillo, pero no para amargarle la vida a los demás con mis “rabietas y pataletas”, ocasionando todo un caos en la casa o en el trabajo. Recordaré que detrás de mis reacciones por descontrol emocional normalmente hay palabras hirientes que tocan dañinamente el corazón de otros.

Tendré presente que no vale la pena amargarse por pequeñeces y estallar en ira por cosas que no tienen importancia, sacrificando momentos lindos y maravillosos con la familia y personas a las que quiero, por estar enojado por cosas que no han salido como yo he querido. El estar controlando todo para que sea según mi voluntad es causa de conflictos y fuente continua de enojos y por otro lado, signo de inmadurez, ya que el mundo no fue diseñado para cumplir mis deseos. Una vertiente maligna de esto es la intolerancia, fuente de conflictos desgarradores familiares, religiosos y políticos y fruto de un “ego” que se cree dios, ya que el que no piensa como yo es ignorante o vive en el error.

Amaré con todo mi corazón a Dios y a los demás, sabiendo que el amor es la fuente de la felicidad. Desterraré a todos los ídolos de mi corazón, teniendo a Dios siempre en el primer lugar. Y recordaré la parábola del buen samaritano, donde la excusa de ir temprano al templo no sirvió para nada ante la presencia del hermano apaleado y medio muerto, al que tenía que haber atendido. Recordaré que mi prójimo es el que aparece en mi vida necesitado y al que no vale decirle unas cuantas palabras bonitas y una bendición, si algo más puedo hacer por él para aliviar su dolor. Sabemos que la “fe sin obras es una fe muerta” y que “no todo el que diga Señor, Señor, se salvará”. Por otra parte, debo creer en Dios, en mí mismo, en los demás y en la vida, tomando en cuenta que en todo lo que existe está Él.

Debo actuar con motivación y entusiasmo en todo lo que hago para garantizar que las cosas salgan lo mejor posible en cuanto de mí dependa, aunque no pueda controlar los resultados finales por otros factores externos. Recordaré que nada grande se ha hecho sin pasión. No hay científico, músico, pintor, escultor, cirujano médico, profesor que se realice bien en su profesión sino le pone “corazón” a lo que hace. Elementos como la concentración, el encausar bien la energía, el ser creativo e intuitivo, el poner todos los conocimientos y experiencia en lo que se hace y la perseverancia, hacen la diferencia entre el éxito y el fracaso en muchas cosas.

Para triunfar tendré un propósito noble que contenga el mayor bien posible, una meta que sea viable y que pueda ser planificada y evaluada en sus pasos, un deseo intenso para que se cumpla y perseverancia en el cumplimiento. Seré consciente de los obstáculos que se presentarán en el camino y soportaré con paciencia todos los inconvenientes que aparezcan. Nada grande se ha hecho sin sacrificios, renuncias, incomprensiones e inclusive fracasos.

Debo mantener una actitud mental positiva en todo momento, en toda circunstancia y luchar contra el miedo, porque este paraliza y aniquila. No debo ser fatalista y derrotista, porque eso me hunde en la desesperación. Debo “dejar de llorar por la leche derramada”, porque eso no contribuirá a la solución del problema, sino más bien aprender la lección del fracaso, tomar nuevas fuerzas y comenzar de nuevo, sabiendo que si me entrego totalmente a la consecución de mis metas confiando en el poder infinito de Dios venceré.