27/07/2026
08:10 PM

Que no se vuelva vinagre

Uno decide, pues, si, con los años, el matrimonio es vino del mejo o vulgar y agrio vinagre.

Roger Martínez

Con el paso de los años, el vino, si se conserva bajo unas condiciones determinadas, gana en sabor y en calidad. Sin embargo, si esas condiciones se descuidan, se convierte en vinagre. De hecho, la palabra vinagre se desprende, etimológicamente, de ahí: vino agrio igual a vinagre.

Con las relaciones humanas y, en concreto, con la relación conyugal pasa lo mismo. Cuando ésta se cuida, se cultiva, se mima, se protege, madura y asume unas características únicas, exquisitas; cuando se descuida, se abandona a la rutina mala o se maltrata, se convierte en una fuente inagotable de amarguras, de frustraciones, de profunda insatisfacción y hasta de tristeza.

Observando a matrimonios que han superado tres, cuatro o cinco décadas de estar juntos, he podido comprobar lo afirmado antes. Algunos mantienen la chispa en la mirada, no disimulan que disfrutan estar juntos, hay una clara complicidad en cada uno de sus actos, se saben imperfectos pero no sólo saben soportarse sino que cuando no está el otro el aire les resulta irrespirable. Otros, por el contrario, se notan cansados, si acaso resignados; parecen llevar una fatalidad a cuestas y el vínculo aparece como inevitable cadena, casi como una maldición.

Hay matrimonios, que los hay, que apenas se dirigen la palabra, que se comunican a través de terceros, que no sólo duermen en lechos separados sino que viven de espaldas el uno del otro; hombres y mujeres que pudiendo ser felices han optado por la soledad y la amargura.

Claro, para que el vino se convierta en vinagre, han pasado muchas cosas: heridas sin resanar, rencores acumulados, desaires sin perdonar, frialdades multiplicadas, diferencias sin zanjar, ausencia de gratitud, carencia de politesse humana. El árbol del amor cuando no se abona, como es natural, se muere, por eso se dice que el amor no suele morir solo sino que perece asesinado. Y no hay cosa peor que envejecer destilando hiel, porque no sólo nos intoxica a nosotros mismos sino que contamina a las personas y los ambientes en los que nos movemos.

Encima, la felicidad, el optimismo, la alegría, no son más que opciones de vida. Todo está en definir unos objetivos claros, poner unos medios y trabajar para que nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestros afectos se encaminen hacia ellos. A ser feliz se aprende, es cosa de control racional, de reconocer el bien objetivo y perseguirlo, de rechazar los pensamientos malsanos, de entrenamiento ético.

Uno decide, pues, si, con los años, el matrimonio es vino del mejor, sabroso para los sentidos o vulgar y agrio vinagre.