02/01/2026
07:36 AM

Privilegio e infortunio

Nos ha tocado vivir una época de cambios. El avance técnico y científico no traslada a espacio inimaginables, y nos significan conquistas impensadas no hace tanto; esto es, cuando las cosas eran más pausadas y lineales, pero también, justo es consignarlos, con una parsimonia en el paso que nos permitía comprobar que se avanzaba. Que se caminaba hacia delante. Hoy el vértigo nos lleva para atrás y para adelante, para arriba y para abajo y todo se presenta con claroscuros y al final no sabemos si está bueno o se trata de una calamidad, de un privilegio o de un infortunio. Lo feo de esto es que hay cosas que se están perdiendo o que se están echando a perder. Y son cosas tan importantes como las que más: se trata de todo lo conseguido para la afirmación y defensa de las libertades y derechos ciudadanos y de la dignidad humana. En materia de libertades, como que la civilización va en retroceso. Hasta la ciencia ha hecho su gran aporte en esta línea: hoy estamos todos rigurosamente vigilados y proliferan los drones, que cruzan todos los cielos y se meten por donde les place, lo que hace medio tonto o contradictorio hablar de “avances” tecnológicos o científicos. Peor es aún si abandonamos las alturas por donde reinan satélites y aviones no tripulados y buscamos pisar la tierra. Y más si aterrizamos por estas regiones. Aquí nos encontramos con un franco deterioro en cuanto a vigencia de las libertades, hecho del que aparentemente muy pocos se dan cuenta, otros hacen que no lo ven y buena parte parece que ya no le importe. En Venezuela, Nicolás Maduro, reprime y mata a estudiantes, persigue y hostiga a la oposición, mete preso a los líderes políticos que lo enfrentan, está acabando con la libertad de prensa -la libertad de expresión, como la gran mayoría de los artículos de primera necesidad ha desaparecido en Venezuela-, maneja la justicia a su antojo y jueces y fiscales, perdida toda la dignidad profesional y personal, le obedecen y actúan en función de lo que le mandan, y todo esto pasa ante la indiferencia del mundo y con el respaldo y bendición de la llamada UNASUR, inventada y puesta en marcha a tales efectos. Rafael Correa, por su parte, ha amordazado a los ecuatorianos, los que solo pueden ver, oir y leer lo que su gobierno dispone. Pero aún así, Correa no está plenamente satisfecho: le enfurece que sus gobernados puedan escuchar algún mínimo murmullo que venga de afuera y mucho más que puedan ser amparado, dada la deserción de la justicia ecuatoriana, por una justicia mas universal. Correa quiere acabar con la Corte Interamericana, con la Comisión de Derechos Humanos, con las Relatorías y con todo lo que se ocupe de vigilar el tema de los derechos humanos. Quiere tenerlos cerca y controlados, marcarle la metodología de trabajo e investigación y por supuesto impedir cualquier otro tipo de financiación fuera de la que le brinden los estados miembros, los que por esa vía buscarán hacer desaparecer o someter a oficinas tan molestas. La OEA sirve de muy poco –de nada concretamente– y lo único que vale en su entorno son esos cuerpos interamericanos de justicia y de defensa de los derechos. Y es con ellos con los que quieren acabar los progresistas que hoy pesan en la OEA. Y es lógico. Será un broche de oro para la triste gestión del secretario General, y un triunfo para el chavismo y los gobiernos progresistas. Se avecinan épocas duras, de injusticia y de impunidad, que serán difíciles de enfrentar porque proliferan los Chamberlain y son muy escasos los Churchill y los DeGaulle. En realidad, de la estatura de cualquiera de estos dos últimos, ni cerca...