La historia de nuestro primer siglo es muy instructiva. Una nacionalidad forjada por el fuego. Una patria invadida u ofendida repetidamente por sus vecinos (más poblados y desarrollados) y por las grandes potencias. Timada por financistas y burócratas inescrupulosos para sacrificar su futuro financiero con un proyecto quimérico, como era el ferrocarril interoceánico y otros.

Y unos líderes que se “echaban al monte” a pelear confundiendo su dignidad personal con la de la patria.

Pero esta no es toda la historia.

Vemos una patria que, aunque recibió ofensas nunca abandonó su dignidad, que resistía intentos de oprimirla del exterior sin perder la capacidad de abrir sus puertas a personas de todo el mundo.

En estos tiempos que se reevalúan los hechos históricos para ver responsabilidades de agravios cometidos contra otros, en este período nuestra patria es inocente y nos podemos sentir orgullosos de ello.

En lo interno, fue tolerante, nunca creó leyes de vagancia ni expropió ejidos para incorporar al campesino a la fuerza a un sistema feudal (disfrazado de capitalista), evitándose las oligarquías opresivas de los países vecinos.

Al abrazar parcialmente la identidad indígena (la moneda nacional se denominó lempira en 1926), nos abría la puerta a un mestizaje cultural más inclusivo que los vecinos (ver sus monedas).

Esta historia es fascinante, y nos ayuda a entender el presente.

Mantener nuestra dignidad sin oprimir a otros, junto con puertas abiertas y tolerancia para los que piensan distinto. Aprender lo más posible y ayudar a otros a educarse. Saber que venimos de orígenes humildes, pero está en manos nuestras construir la grandeza. Estas son las lecciones de nuestro primer centenario, y son guía y tarea para el tercero.