Al hablar con él, luego de más de cinco años de ausencia, la pregunta obligada ha sido: ¿y cuándo regresás a Honduras? La respuesta fue inmediata: he estado haciendo investigación aplicada estos últimos años y quisiera continuar en ello; en Honduras, con suerte y si las argollas me permiten, tendría que dedicarme a la docencia universitaria, además, antes de graduarme de doctor he recibido tres ofertas de trabajo y he aceptado ya una. Por otro lado, aquí vivo seguro y sin miedo, puedo andar en transporte público sin ningún temor y llevar un nivel de vida que allá solo pueden darse los privilegiados.
No supe qué decirle. Pensé en los amigos y conocidos que han mandado a estudiar fuera a sus hijos, con medios propios o con una beca, como en mi caso, y que les han dicho que procuren quedarse en el extranjero, que en este país no hay futuro, que las cosas van a peor y que no vale la pena regresar. Pensé en el destino de este país, del que muchas de sus mejores cabezas se han marchado con planes de no volver y que hoy están en Madrid, en Múnich, en Buenos Aires o en Taipéi. Pensé en el desarraigo que toda una generación está sufriendo porque cree que el retorno ofrece escasas posibilidades de desarrollo profesional y personal. Pensé en los que han decidido que sus propios hijos crezcan lejos de la tierra que a ellos vio nacer y están dispuestos a que tomen distancia de la bandera de las cinco estrellas y del “Tu bandera es un lampo de cielo...”.
Me vino una enorme preocupación como padre y como hondureño. Como padre porque Taiwán está exactamente al otro lado del mundo y hay que volar veinte horas, más las esperas y los aeropuertos, para poder darle un abrazo a mi hijo; como hondureño, porque mi nuevo doctor y mis amigos y conocidos tienen razón: el futuro se divisa más diáfano en otras latitudes. Algo tenemos que hacer o aquí solo quedaremos los que se quieren ir y hasta ahora no han podido, un montón de viejos y, por supuesto, los políticos que nos tienen como estamos. Dios nos libre de los últimos.