23/04/2026
11:27 PM

Preocupación de padre hondureño

Roger Martínez

Mi hijo mayor recibió, hace aproximadamente un mes, su título de doctor en Estudios Interdisciplinarios de Neurociencias en la Universidad Yang Ming de la República de China, Taiwán. Aparte de su dedicación y esfuerzo personal, el logro académico fue posible gracias a una beca concedida por el Fondo para la Cooperación y el Desarrollo Internacional (ICDF) de ese país, que antes le había financiado estudios de maestría en el área de la Salud Pública. Como se imaginarán, su madre y yo nos hemos sentido profundamente contentos y más que satisfechos.

Al hablar con él, luego de más de cinco años de ausencia, la pregunta obligada ha sido: ¿y cuándo regresás a Honduras? La respuesta fue inmediata: he estado haciendo investigación aplicada estos últimos años y quisiera continuar en ello; en Honduras, con suerte y si las argollas me permiten, tendría que dedicarme a la docencia universitaria, además, antes de graduarme de doctor he recibido tres ofertas de trabajo y he aceptado ya una. Por otro lado, aquí vivo seguro y sin miedo, puedo andar en transporte público sin ningún temor y llevar un nivel de vida que allá solo pueden darse los privilegiados.

No supe qué decirle. Pensé en los amigos y conocidos que han mandado a estudiar fuera a sus hijos, con medios propios o con una beca, como en mi caso, y que les han dicho que procuren quedarse en el extranjero, que en este país no hay futuro, que las cosas van a peor y que no vale la pena regresar. Pensé en el destino de este país, del que muchas de sus mejores cabezas se han marchado con planes de no volver y que hoy están en Madrid, en Múnich, en Buenos Aires o en Taipéi. Pensé en el desarraigo que toda una generación está sufriendo porque cree que el retorno ofrece escasas posibilidades de desarrollo profesional y personal. Pensé en los que han decidido que sus propios hijos crezcan lejos de la tierra que a ellos vio nacer y están dispuestos a que tomen distancia de la bandera de las cinco estrellas y del “Tu bandera es un lampo de cielo...”.

Me vino una enorme preocupación como padre y como hondureño. Como padre porque Taiwán está exactamente al otro lado del mundo y hay que volar veinte horas, más las esperas y los aeropuertos, para poder darle un abrazo a mi hijo; como hondureño, porque mi nuevo doctor y mis amigos y conocidos tienen razón: el futuro se divisa más diáfano en otras latitudes. Algo tenemos que hacer o aquí solo quedaremos los que se quieren ir y hasta ahora no han podido, un montón de viejos y, por supuesto, los políticos que nos tienen como estamos. Dios nos libre de los últimos.