17/06/2024
10:11 AM

Peregrinar

Roger Martínez

Me encuentro en Tierra Santa, en medio de un verano abrasador, junto a 32 peregrinos hondureños que han querido sumarse a esta aventura de caminar tras las huellas de nuestro Señor Jesucristo. Peregrinar es, en primer término, salir de un lugar, recorrer un camino y llegar a una meta en la que se espera encontrar a Dios. La peregrinación es una práctica común a diversas tradiciones religiosas, en relación también a diversos sitios y tiempos que se consideran santos. El elemento usual en cada una de ellas es el deseo de acercarse a, de hacer del camino exterior un camino interior. El cristianismo entiende que a Dios se le “adora en espíritu y en verdad” (Jn 5,23-24) y, por tanto, determinados sitios pueden ayudar a la piedad y aun a la fe, pero no le son esenciales.

Por eso toda Peregrinación Cristiana debe ser entendida como símbolo de la existencia humana, pues todo hombre y mujer es peregrino (a) en esta tierra, como decía San Agustín somos “homo viator” (hombre viajero) somos seres en movimiento que no están completamente realizados y que, por tanto, tienen que seguir el dinamismo de perfeccionarse hasta alcanzar la plenitud. Este “hacerse” del Ser humano es su camino, su peregrinación por el tiempo, es su historia y en consecuencia su vida no es solo biología, sino sobre todo biografía.

Peregrinar consiste, así, en salir en busca de algo o más bien de alguien, es ponerse en camino, dejar las propias comunidades, las comodidades del hogar, la rutina, las costumbres asumidas... y estar en consecuencia dispuesto a encontrarse con lo inesperado y dejarse sorprender por lo diferente de uno mismo. Porque ser peregrino es exponerse, arriesgarse, buscar comunicación, necesitar a los otros y dejarse ayudar de ellos, ayudándonos a descubrir con humildad lo insuficiente que resulta nuestra autosuficiencia cotidiana e instalada.

Por todo esto, la peregrinación cristiana, como signo exterior de un camino interior, nos hace apreciar la necesidad de estar siempre en movimiento, abiertos a las sorpresas del trayecto y sobre todo sintiéndonos necesitados y dependientes exclusivamente de Dios, anhelando llegar a la meta que es Cristo, pero disfrutando y sabiendo vivir el camino hacia Él, que es la vida misma. Hay quienes llegan a Tierra Santa con una sólida vida de fe y hay quienes van con duda o escepticismo, pero vienen. Si esta tierra tiene la pretensión de ser el lugar por donde Dios entró en la historia humana, quizá puede convertirse en la tierra donde Dios nos sale al encuentro y en donde puede entrar en nuestra historia personal. “¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén”. (Salm 122)