El hombre camina tembloroso, la espalda encorvada, con el viejo hábito franciscano, dirigiéndose al confesionario. Lo espera una larga fila de penitentes que suman cientos, que desde la noche anterior, con el frío del invierno, hacen fila y esperan en la mañana o durante el día poder confesarse y recibir la bendición de este fraile. 14 horas diarias escuchando confesiones, dando consejos, orando, y algunas veces hasta expulsando demonios en ese pequeño templo del convento franciscano de San Giovanni Rotondo. Es el famoso padre Pío, el único sacerdote en la historia de la Iglesia que se ha comprobado ha tenido los estigmas de la Pasión de Cristo. Francisco de Asís también tuvo los estigmas, pero no era sacerdote, sino diácono.
Tenía el don de leer la conciencia, como don Bosco, por lo que podía saber los pecados de quien se iba a confesar antes de decirlos y en algunos momentos podía enfadarse y levantar la voz y regañar a la persona. “No los has dicho todos. Vete de aquí y vuelve cuando seas más sincero”, como cuenta un joven francés.
Y así lo hizo. Volvió a los tres días y se confesó bien. Dicen que el papa Juan Pablo II cuando era joven sacerdote fue a confesarse y el padre Pío profetizó que iba a ser Papa. Tenía el don de bilocación y aparecer en otro lugar sin salir del convento, no importa la distancia, inclusive en otro continente, y curar a un enfermo, evitar un accidente o acompañar a bien a morir a un moribundo.
Eso, dicho por testigos bajo juramento para su proceso de canonización. Le pedían personalmente que a distancia sanara enfermos o hiciera algún milagro de curación de enfermedad aún terminal, y así lo hacía. Y no demostraba ningún afán de notoriedad o de exhibicionismo. En la Segunda Guerra Mundial, cuenta un piloto de un bombardero de los aliados, que volando a cierta altura se le aparece la imagen enorme de un fraile anciano con barbas y le dice con señas: “aquí no tire ninguna bomba” y el aviador asustado desvía su avión y se aparta del lugar. Abajo estaba el convento de los frailes y a cierta distancia el humilde pueblo de San Giovanni. Después reconoció en una foto que era el padre Pío.
Los testigos dicen que en sus misas, algunas veces, podía estar hasta tres horas celebrándolas, porque quedaba extasiado contemplando el misterio del Señor. Y él manifestaba que en esos momentos se identificaba mucho con la Pasión de Jesucristo. Vivía intensamente la experiencia del Señor cuando era azotado, camino al calvario, clavado en la cruz y agonizando en el madero. En esos momentos sentía mucho más dolor en sus heridas que por cierto desde el miércoles hasta el viernes manaban más sangre.
¿Qué pasaba realmente en el cuerpo del padre Pío? Siempre está el misterio del milagro, la intervención directa de Dios, que por 50 años sin fallar nunca, hacía que por sus manos, pies y costado, se derramara sangre, en momentos más copiosa, y que no hubiera explicación médica alguna, porque no existía ninguna enfermedad que la causara. Pareciera que su amor tan intenso a Jesús, compenetrándose tanto en la pasión de Cristo, sufriéndola en su propio cuerpo y alma, causara algún fenómeno psicosomático que produjera las llagas. Esto podría ser parte de la explicación. ¿Pero todas las semanas? ¿Tantos años? Y que tres días antes de morir desaparecieran totalmente. ¿Qué persona puede mantener tantísimos años la tensión, la emoción, como para causarse esas heridas y decir que es solo un fenómeno psicológico? ¿Y los milagros continuos, las curaciones, las bilocaciones, el leer la conciencia de la gente? El padre Pío vivía muy cerca del Señor, profundizando en el corazón misericordioso y sufriente de Cristo, y el Señor quiso regalarle ese don tan maravilloso de asemejarse a él en su pasión, pero con los dolores espantosos que se asemejaban a los que vivió Cristo.
Pero el Padre Pío tuvo otras heridas, estas en el alma. La incomprensión, sobre todo de los suyos; las calumnias más espantosas, las burlas, más que todo de personas ajenas a su convento. Estuvo suspendido de toda actividad pastoral por más de un año por sus superiores porque no creían en lo que hacía.
Después se dieron cuenta de la santidad del padre. Pero, además, tuvo enfermedades que lo acompañaron muchos años. Vivió muy pobremente. Aún así fundó un hospital llamado “Alivio del sufrimiento”, por pura fe, ya que costó más de 200 millones de dólares y que sigue siendo hoy una obra maravillosa, con una calidad de servicio excelente porque creyó siempre en el poder de Dios, con quien somos invencibles.
