04/04/2025
02:29 AM

Otras Navidades

Roger Martínez

A estas alturas del calendario, la cabeza de todos está ya metida en las fiestas de Navidad. Y, en esta época del año, no me canso de decirlo, ya que también yo lo experimento, las personas solemos volvernos mejores, más buenas, con el corazón más presto a percibir los sentimientos de los demás y con una mayor disposición a poner en práctica unas virtudes humanas que no siempre salen a flote en los meses anteriores. Hablo de la solidaridad, de la empatía, de sintonizar con las necesidades de los demás. Por esto último es que regalar se convierte en una de las preocupaciones principales y con menor dificultad nos volvemos generosos. De muchas maneras, la Navidad es el tiempo en el que la generosidad se manifiesta con mayor fuerza, y eso, definitivamente, es muy bueno.

Sin embargo, así como andan las cosas, aunque siempre se siente bien recibir un regalo, porque eso significa que alguien pensó en nosotros, que alguien estuvo dispuesto a gastar en nosotros, que alguien nos consideró suficientemente importantes como para emplear parte de su tiempo para buscar algo para nosotros, lo que muchas personas hoy necesitan es compañía, cercanía, cariño manifestado en tiempo dedicado para una conversación, para un abrazo apretado.

Las estadísticas sobre padecimientos psicológicos y psiquiátricos en esta época pospandemia son preocupantes. Hay quien afirma que se han incrementado en un cuarenta por ciento. El tiempo que hay que esperar para conseguir una cita con un psicólogo o un psiquiatra lo confirman y, peor aún, el incremento de suicidios, sobre todo entre gente muy joven, es alarmante.

Hay mucha gente que se siente sola. La inmersión en las pantallas, el aislamiento en el que se vive, incluso dentro de los hogares, es un mal síntoma. Creo haberlo mencionad antes: la gente ya no conversa en la sala de espera de una clínica ni en los aeropuertos o en las estaciones de autobuses; niños, jóvenes y menos jóvenes no tienen ojos más que para sus aparatos y hasta parecen molestos cuando se intenta interactuar con ellos.

Así, cuando tenemos una tristeza, una desilusión, deseo de tener una catarsis, no encontramos a nadie que esté dispuesto a escucharnos, a prestarnos el hombro para llorar sobre él. Y hay muchas situaciones de vida en las que se necesita alguien que nos acompañe, que nos aliente, que nos diga: aquí estoy.

Ojalá que, en esta época tan bonita, nos hagamos el propósito de ser cercanos, de ser acogedores, de estar dispuestos a escuchar, a abrazar, a comprender.