La palabra huérfano tiene una doble etimología (origen). Por un lado, proviene del término griego ὀque puede traducirse como “abandonado”. Por otro lado, también deriva del vocablo del latín tardío, orphănus, que se aplicaba, como hoy en día, para designar la privación de un ser querido. Tanto el griego como en latín comparten la raíz lingüística indoeuropea orbh que quiere decir alejar y separar. En consecuencia, huérfano, etimológicamente hablando, es aquel que está separado, alejado de su padre, viva este o no.

Cierta y afortunadamente, Dios vive, pero hoy sus hijos experimentamos una orfandad profunda, una lejanía del Padre tan grande, que nos deja vulnerables y expuestos ante los desafíos tan complejos, de la época que nos está tocando vivir. Inutilizando la capacidad para encontrarle norte, sentido y propósito a la vida. El origen de este distanciamiento está en nosotros, poco a poco las nuevas generaciones van consumando este alejamiento respecto a lo divino, lo religioso y lo espiritual, quedándose únicamente en lo material, lo inmediato y pasajero. Olvidándose que todo ser humano es una realidad compuesta, “un espíritu encarnado” y “una carne espiritual”. Por eso dice el evangelio: “No con solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale por la boca de Dios.” (Mt 4,4). La verdad de nuestra realidad posmoderna es que asistimos al derrumbe mundial de la fe, la cual coloca la mirada del hombre en la redención de su historia, a manos de Cristo. Suplantándola por el falso ideal filosófico de la “libertad”, que exige, a cambio, una mutación de valores y creencias (una traición de la conciencia), en aras de hacerme sentir, “libre y feliz”, al menos, por un rato, “Porque la vida son dos días”. Esta existencia huérfana necesita algo con que consolarse, algo que le ayude a prolongar estos ratos de “libre felicidad”. El profesor cristiano A. Cruz afirma que “el hombre posmoderno recurre al humor como terapia contra su desengaño, se busca la animación más que la emancipación.” Prefiriendo ser esclavos animados y distraídos que hombres serenos y auténticamente libres. El desierto de la Cuaresma, que busca privarnos de las distracciones y los espejismos del mundo, quiere despertar nuestra conciencia para reducir la distancia entre nosotros y el Padre. Ayudándonos a redescubrir y revalorar la fe, devolviendo a cada uno el dominio de sí mismo como virtud capital para emprender el camino de regreso hacia la condición de “hijos de Dios”. Ojalá que al ir culminando este tiempo de gracia, al mismo tiempo vayamos cosechando los frutos de esa filiación divina renovada, junto a la alegría de sabernos hermanos y de tener un mismo Padre.