En diferentes ocasiones me han preguntado por qué escribo, qué es lo que me motiva, cuál es la razón de escribir tantos años en La Prensa. Una de las contestaciones es tratar de comunicar e influir en los demás para mejorarlos en su relación con Dios, en sus vidas, relaciones familiares, de trabajo, sociales y políticas. Porque si uno es sincero y refleja su radiografía poco a poco, si transmite con convicción sus ideas y su estilo de vida, los lectores se integran con nuestra onda, o la refutan, o la discuten demostrando así su inquietud intelectual.
La creatividad es otra de mis razones para escribir. Cada vez que escojo un tema que considero interesante, importante o de actualidad, trato de construir con las expresivas palabras no solo el contenido sino también la belleza, la estructura y la novedad del escrito. Con las palabras se puede incursionar de muchas maneras en un mundo sin límites.
Entre mis objetivos y los de todo comunicador, está también el ensanchamiento del intelecto del lector, despertando su curiosidad para saber más de los demás y de los sucesos mundiales, y su crecimiento personal en cuanto a análisis, críticas y conclusiones del mensaje.
La palabra escrita tiene ventajas sobre la televisión y la radio. Los libros y escritos se pueden leer al ritmo del lector; hacen posible saborear con detenimiento, sin prisas, sus palabras, contenido, impresión, presentación, comparación, avalúo, colorido y los demás detalles. Se pueden llevar a todas partes, se pueden prestar y se pueden perder. Y lo más importante, es que los escritos nos hacen pensar, razonar y cuestionarnos. La televisión, en cambio, nos inmoviliza, nos atonta, nos masifica porque no usamos el cerebro.
Los libros y los periódicos registran todos los sucesos, historia, evolución y modernismos de la civilización. Hay cientos de miles de autores y millones de libros. Su riqueza es incalculable, colosal.
Lo negativo de los escritores, especialmente de los periodistas, es el amarillismo, la tendencia a sobresalir una noticia no importante, explotando el morbo y las pasiones humanas más bajas; por ejemplo, el caso de la pareja que se separó porque el marido no encontró virgen a su esposa y la devolvió a sus padres. ¡Qué falta de profesionalismo hay en nuestros medios de comunicación! Parece que no hay noticias importantes...
La necesidad de escribir no debe toparse con ningún tropiezo. Pero escribir bien, respetando los derechos humanos, preocupándose del bien común y con la verdad en las manos. Ojalá que todos los comunicadores, por lo menos, tuviéramos ética y moral... recordemos que la verdadera misión de nosotros los comunicadores es presentar la verdad, informar, orientar y entretener...