Como el estilo educativo paterno no siempre coincide con el materno, y, con alguna frecuencia, surgen diferencias entre el padre y la madre sobre la manera de corregir una actitud o una conducta indeseadas en un hijo; en más de una ocasión mi esposa me ha esgrimido ese argumento muchas veces irrebatible, con el que afirma que su postura se debe a que ella lo llevó “nueve meses en el vientre”. Y esos nueve meses, poco más o poco menos, siempre me han llevado a reflexionar sobre la grandeza y el misterio de la maternidad; cosa no siempre fácil de captar y digerir por parte de nosotros lo hombres, porque la verdad es que uno aprende a querer a los hijos sobre todo cuando puede verlos, cuando los tiene entre los brazos, cuando sufre con ellos o por ellos, mientras que las mamás lo hacen desde que se dan cuenta que una nueva vida se ha comenzado a gestar en su vientre y pueden sentir, durante esos nueve meses, como crece y se desarrollo aquel hijo, aquella hija.
Digo lo anterior en el contexto de la cercana celebración del Día de la Madre, la celebración familiar más sonada del mundo; en unos días en los que, inevitablemente, reaparece la nostalgia de aquellas manos cálidas, de aquella mirada cariñosa, que todos habríamos querido retener eternamente, pero que, ley de vida, tiene su conclusión con la separación que impone la muerte.
Decía antes que la maternidad no deja de ser para mí grande y misteriosa. En más de una ocasión, me he detenido a meditar en gestos y acciones que protagonizaron en su momento mi madre y mi suegra, ambas ya fallecidas, o en gestos y acciones de mi propia esposa, la madre de nuestros cuatro hijos y nuestras dos hijas, y, francamente, han sido el reflejo de una capacidad de comprender, de olvidarse de sí mismas, de desprenderse totalmente de sus intereses, de sus conveniencias, de sus comodidades, de sus cosas, que no he podido menos que sorprenderme.
Por ejemplo, mi madre repetía un simpático refrán, típicamente olanchano, que decía que “la que muchos hijos parió nunca su barriga llenó”.
He visto tantas veces volverse realidad esa sentencia que largo resultaría contar en cuantas ocasiones mi madre, mi suegra o mi esposa, renunciaron o actualmente mi esposa renuncia a una aspiración legítima con tal de satisfacer uno de sus hijos.
Y eso me basta para inclinarme con respeto y reverencia ante la maravilla que es la maternidad.