Pero no solamente sucede aquí, sino en otras latitudes, parece ser el mal consuelo de tontos, como si al compartirse los problemas disminuyeran, cuando en realidad se convierten en algo aún peor: en costumbre.
Al acostumbrarnos, perdemos la sensibilidad, la capacidad de asombrarnos, de sentir algo de empatía, de identificación con la dignidad humana que debe -o quizás debería- identificarnos, aún a la distancia.
Hace pocos días las noticias nos contaban del terrible caso de tortura y asesinato de una niña de tan solo siete años, en México; luego, de una menor de 16 años en El Progreso, Yoro, aquí en esta tierra. Y solo Dios sabe cuántos casos más quedan en el anonimato, cuánta crueldad en contra de niños y niñas, muchas veces inexistentes para la sociedad.
A pesar de la cruda realidad, aún hay quienes siguen pensando que aquellos que luchan por los derechos humanos, de hombres y mujeres, niños y niñas, son exagerados.
En Honduras, 2019 fue un año trágico: 390 mujeres fueron asesinadas en distintos lugares del país, de acuerdo con información del Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (OV-Unah).
En lo que va de 2020, la situación no parece mejorar, ya que al finalizar enero, diversas organizaciones femeninas marcharon para repudiar que en ese primer mes del año ya se registraba la muerte violenta de 23 mujeres.
Además de la muerte dolorosa, también está la impunidad odiosa y en muchos casos la revictimización, a través de los comentarios, las noticias de enfoque machista y las redes sociales.
En una sociedad marcada por la hipersexualización y el machismo, que raya en el irrespeto a los derechos humanos, es difícil lograr un estado de conciencia sobre este tema, que se traduzca en un cambio de cultura.
Como en otros múltiples casos, no solamente es pertinente exigir que el Estado cumpla con el deber de proteger los derechos humanos de sus habitantes, también es necesario el despertar de la población, especialmente de las organizaciones de la sociedad civil para unirse en torno a un enorme desafío: moldear, o quizás transformar, ese estado de crueldad que hemos alcanzado.
Desde los centros educativos, las empresas, los gremios y las organizaciones no gubernamentales deben hacerse un llamado constante a la reflexión sobre esa sociedad de respeto en la que anhelamos vivir.
No, las organizaciones femeninas no exageran en sus denuncias, aunque para muchos su estilo sea chocante, de manera especial cuando se estima que cerca del 96 por ciento de los casos de asesinatos de mujeres quedan impunes.
No, tampoco es cierto que esta situación solamente afecta a otros, sino a todos. Hay casos de abuso en todos los estratos sociales, en la comunidad, en el país en el que todos convivimos. Cerrar los ojos o voltear la mirada no hace que la situación desaparezca.
Me rehúso a aceptar la crueldad, como parte de la vida en mi país, ese en el que quiero seguir viviendo, en el que quiero crecer y que también lo hagan mis próximas generaciones. Tampoco quiero que usted que me lee se acostumbre. No lo hagamos, luchemos por cambiar nuestra realidad, cada quien desde su pequeño círculo, con sus próximos. Promovamos el respeto a los derechos de todos, especialmente a la vida.