26/02/2024
01:53 PM

Mundo en convulsión

Elisa M. Pineda

En pleno 2020, la humanidad estaba sumida en plena lucha contra la pandemia por covid-19 y la incertidumbre creciente nos hacía lamentar no haber aprovechado lo que teníamos: libertad de movimiento y relativa paz.

En aquel entonces, las redes sociales se inundaban de mensajes de una solidaridad que parecía profunda, pero que hoy nos damos cuenta de que no era un valor tan arraigado, sino más bien el producto de una emoción y, por lo tanto, pasajera. Poco tiempo después, el mundo convulsiona. Primero con la guerra Rusia-Ucrania, ahora con el conflicto Israel-Palestina, que más bien debería acotarse a Israel-Hamás. Este asunto de raíces ancestrales, con múltiples aristas, desde las de carácter histórico y religioso hasta las geopolíticas y económicas, no es un tema fácil de tratar para nadie. En primer lugar, las convicciones religiosas juegan un papel muy importante en las diversas posturas sobre el tema; además, también las simpatías con las diásporas judía y palestina en diversas latitudes, entre ellas, Honduras.

Honduras tiene la segunda colonia palestina más grande de América Latina, después de Chile. Su participación en la dinámica de la economía nacional es muy importante. Pero también tenemos una fuerte presencia de la comunidad judía, que se hace sentir en el desarrollo económico del país.

La posición del país en la arena internacional está comprometida por esa realidad interna, así como por la herencia de la administración anterior, que tomó la decisión de trasladar la embajada de Honduras desde Tel-Aviv hasta Jerusalén, desconociendo el derecho internacional.

En ese sentido, la postura de la Cancillería hondureña y su voto de la semana pasada en la Asamblea General de las Naciones Unidas “a favor de un alto al fuego inmediato y la protección de la sociedad civil palestina, a través del establecimiento de corredores humanitarios, el acceso inmediato y sin restricciones a la ayuda humanitaria” haya sido una de las decisiones más congruentes que hemos visto de esa secretaría de Estado.

Se trata, desde esta perspectiva, de un voto a favor de la paz, una resolución apoyada por 120 Estados miembros que, lamentablemente, no es legalmente vinculante y, por lo tanto, fue rechazada por Israel.

El asunto Israel-Palestina es enormemente complejo, en el que las acciones terribles del grupo terrorista Hamás se llevan de encuentro las posibilidades de paz, aumentando la reacción bélica de Israel, perjudicando a la población civil y dividiendo cada vez más al mundo, en ambas causas.

Además de los horrores de la guerra que cobran vidas de uno y otro lado, está el riesgo latente de “exportación” del conflicto a otras latitudes, especialmente a través de células terroristas, así como del despertar de ideologías que se han mantenido agazapadas a través de décadas.

La escalada del conflicto parece estar en pleno apogeo, sumando aliados, con protestas en muchas otras partes del mundo. Más allá de la simpatía religiosa-política que pueda despertar uno y otro para quienes somos ciudadanos comunes, lo que debe movernos es el llamado por la paz.

Antonio Gutérres, secretario general de la ONU, ha hecho múltiples llamados a los líderes mundiales; los organismos internacionales de ayuda humanitaria claman por un cese al fuego, el papa ha llamado a orar por la paz del mundo. Todo indica que estamos en un momento crucial. Nos queda siempre ese camino: la oración y la construcción de la paz. Hagamos a un lado los discursos de odio y la apología de la violencia, es tiempo de recuperar la humanidad.

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