No son las cosas materiales lo más valioso que tenemos, sino el tiempo. Cada instante que tenemos es parte de nuestra propia vida, de allí que sea tan importante para cada quien.
Por eso esperar es un verdadero lujo que pocas veces podemos permitirnos. Las nuevas generaciones, conscientes o no de ello, están menos dispuestas a esperar que las generaciones previas.
Quizás ese sea uno de lo más grandes pecados de la clase política hondureña: hacernos perder el tiempo en temas que requieren solución inmediata, pero que van postergando, llenándonos de dudas y una gran incertidumbre.
Perdemos oportunidades de avanzar, en el fortalecimiento de las instituciones, en generar confianza en la gobernanza del país, en robustecer la esperanza que languidece ante los comportamientos de los políticos de turno, que nos transmiten los medios de comunicación.
La polarización crece, la incredulidad en casi todo se vuelve habitual; el liderazgo genuino está en extinción y muy pocos piensan en el bien de la población, no como argumento superfluo, sino como una realidad tangible.
Desprestigiar parece ser la consigna en redes sociales, la duda se afianza y aquella alegría posterior a las elecciones se desvanece, día con día.
Los argumentos que no llevan a ninguna parte, el ataque constante de uno y otro lado, la insistencia de señalar en otro aquello de lo que también se adolece es el triste escenario político hondureño.
Mientras tanto, la niñez del país enfrenta grandes problemas, con la normalización de la violencia y los grandes rezagos que persisten en temas de salud y educación.
El desempleo y el subempleo siguen siendo graves problemas que afectan a más de dos millones de personas en Honduras, especialmente a la población joven, nos decían hace poco las noticias.
Hay muchos desafíos más en Honduras, pero si no se atiende a la niñez y la juventud, ¿cómo pretendemos generar esperanza?
El tiempo apremia, por eso es urgente avanzar en temas vitales para el fortalecimiento del estado de derecho y dar el debido espacio en la agenda nacional -y no solo mediática- a los grandes desafíos que enfrentamos como país.
Nuestra gente parece no estar dispuesta a esperar más, a seguir confiando. Las caravanas migrantes que tanto nos conmocionaban antes, siguen siendo parte del escenario actual.
Se van, pero no los corruptos que deseamos que se vayan, sino la fuerza laboral que no encuentra cabida en el país. A pesar de los peligros, el mayor incentivo está en las carencias que se vuelven crónicas.
¿Cuánto tiempo más habrá que esperar para superar la lucha por el poder? ¿Cuándo dejará de ser el pueblo una excusa, para convertirse en un verdadero objetivo? Muchos de los actuales adultos de este país crecimos escuchando promesas. Ojalá nuestros hijos e hijas puedan experimentar el cambio positivo que, por ahora, parece que habrá que seguir esperando.
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