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Miedos de hoy

  • Actualizado: 06 junio 2023 /

Recuerdo bien que, de niño, le tenía miedo a la oscuridad. Mis hermanos mayores lo sabían bien y aprovechaban las oportunidades que se presentaban para reírse de mis ojos cerrados y mi desesperación por buscar la luz cada vez que me tocaba enfrentar la tiniebla. Y es que todas las personas, en algún momento de la vida, padecemos algún temor a cosas reales o imaginarias; algunos de esos miedos son racionales, otros no tanto.

Se supone que, en la medida en que vamos madurando o nuestro bagaje cultural se va enriqueciendo, los miedos deberían ceder o minimizarse, pero no siempre sucede así. Pasa, más bien, que los temores van cambiando de naturaleza, van siendo sustituidos por otros o surgen nuevos. Alguien me decía hace algunos días, por ejemplo, que, aunque llevaba acumuladas cientos de horas de vuelo, cada vez que se subía a un avión sudaba más que antes. Y así podría abundar en ejemplos: fobias que nacen, fobias que se transforman, fobias que se disfrazan.

Pero uno de los miedos hoy mas extendido y que no deja de llamarme la atención es el miedo al compromiso. Muestra de eso es que la edad para contraer matrimonio se ha alargado en más de una década en los últimos vente años. Es cierto que hay factores económicos que influyen en la toma de decisión tan grave, pero lo que priva es el temor de dar un paso del que, en principio, no hay vuelta atrás, y que comprende prácticamente todos los ámbitos vitales. Algunos no quieren renunciar a la potra con los amigos cada vez que apetezca y sin tener que rendir cuentas a nadie; o a ver amanecer un nuevo día desde un bar o en casa de amigos o conocidos; ni perder una supuesta libertad cuya definición es más bien imprecisa.

Luego, se da hoy también mucho miedo a los hijos. Entiendo que traer hijos a este mundo no deja de ser un reto y que, no importa hacia donde se dirija la mirada, cuesta encontrar razones válidas para la esperanza, pero la causa suele esconderse más bien en la propia comodidad, en la incapacidad de acoger y custodiar una nueva vida, en la enorme responsabilidad de servir de guía y ejemplo a una criatura, aunque se le quiera con locura.

Hay, también, terror a dejar cierto nivel de bienestar, de sacrificarse por alguien, de hacer un lado el propio interés para empeñarse en el bien ajeno. Y así vamos mal, porque la verdadera felicidad, y de esto estoy cada vez más convencido, solo se encuentra cuando uno deja de vivir embebido en uno mismo y sale al encuentro del otro, del prójimo que más nos necesita.