¿Se imaginan tener más profesiones que dedos en las dos manos? Yo apenas manejo columnista, y a medias, hijo que llama a su mamá los domingos.
Richard Francis Burton nació en 1821 en un pueblo inglés de nombre Torquay y murió setenta años después, siendo casi todo lo que un ser humano puede llegar a ser: traductor, explorador, escritor, poeta, diplomático, militar, etnólogo, lingüista, cartógrafo, historiador, zoólogo, espía, antropólogo, viajero, naturalista, recolector de plantas, descubridor, orientalista y esgrimista.
Diecinueve oficios, más dedos que tienen las dos manos y la mitad de un pie. Hablaba, según quién cuente la historia, entre veinticinco y veintinueve idiomas, y no de memoria de turista: los hablaba con acento de nativo, con los insultos correctos y las oraciones correctas.
En 1853 se disfrazó de comerciante musulmán, se sometió voluntariamente a una circuncisión para no ser descubierto y entró a La Meca y Medina, ciudades prohibidas para cualquier no musulmán bajo pena de muerte.
Sobrevivió, y encima escribió el libro, con la calma de quien vuelve de comprar pan y no de arriesgar la cabeza en la ciudad más vigilada del mundo islámico.
Años después se lanzó, junto a John Hanning Speke, a buscar el nacimiento del río Nilo en el corazón de África; no lo encontró él, pero fue el primer europeo en ver el lago Tanganica, y volvió medio ciego y con la lengua perforada por una lanza masái que le atravesó las dos mejillas.
Tradujo, en dieciséis volúmenes, “Las mil y una noches” completas, y también el Kama Sutra al inglés, en una época en que ambos actos podían costarle la cárcel.
Fue cónsul en Fernando Poo, en Santos, en Damasco, en Trieste, y en el camino, sin que nadie se lo pidiera, encontró tiempo para ser espía del Imperio disfrazado de mercader.
No conozco a ningún hondureño que haya llegado tan lejos en tantos oficios a la vez; quizás nadie en la historia lo ha hecho, pero si hay alguien que se le acerca, es Rafael Heliodoro Valle, poeta, historiador, narrador, periodista, diplomático y académico hondureño de Tegucigalpa que terminó siendo, en México y en toda América, uno de los polígrafos más citados del continente.
No cruzó desiertos disfrazado, pero cruzó bibliotecas enteras, y eso, en su época y en la nuestra, también es una forma de exploración.
Le escribo esto a la juventud hondureña, a la mía, la que nació con una pantalla ya encendida antes de aprender a caminar. Sé lo que se siente.
El algoritmo nos ofrece hoy más contenido en una hora del que Burton consumió en una vida entera de viajes y, sin embargo, nos deja más vacíos, más sedentarios, más convencidos de que ya lo vimos todo sin habernos movido del sillón.
Burton no tuvo Wikipedia ni vídeo en cuatro minutos: tuvo curiosidad, terquedad y la disposición a que un idioma nuevo, un desierto o una lanza masái le arruinaran los planes.
No les pido que se vuelvan espías del imperio ni que crucen La Meca disfrazados —por favor, no—, pero sí que se permitan, antes de que la adultez los encasille en un solo oficio para pagar la renta, probarse varias vidas dentro de esta única vida: un instrumento, un idioma, un deporte raro, un oficio manual, un libro que nadie de su generación está leyendo.
Que la curiosidad no muera de aburrimiento frente a un rectángulo de vidrio que cabe en un bolsillo y, sin embargo, logra hacernos sentir que el mundo entero ya cupo ahí también.
Burton coleccionaba idiomas y cicatrices con la misma alegría. ¿Cuántas vidas dentro de esta única vida está usted dispuesto a intentar, antes de que el algoritmo decida por usted cuál es la única que le conviene?