Pero cómo saber cuándo una doctrina está sana o enferma es la pregunta que debe contestarse.
Pese a que a simple vista parece ser una pregunta compleja, no lo es en realidad. Responderla es fácil: la misma Biblia y el Espíritu que la inspiró deciden cuál doctrina es sana y cuál enferma. El meollo está en estudiar la Biblia y en dejarse guiar por el Espíritu de Dios. Ninguna de las dos parece que se hacen hoy en día.
Por eso es que se enseña tanto disparate y se dice tanta palabra viciada desde los púlpitos y en los salones de clases y se concuerda con tanta idea podrida y riesgosa en la mente y el corazón (cf. 1 Timoteo 1:8-11; 6:3-10). El punto culminante es este: la sana doctrina incumbe a todos, no solo a aquellos que predican o enseñan, pero estos últimos tienen mayor responsabilidad porque no solo “se salvarán a sí mismos, sino también a los que les oyeren” (1 Timoteo 4:16).
El apóstol Pedro escribió: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos” (2 Pedro 1:19a). Y Pablo: “Todo lo que está escrito en la Biblia es el mensaje de Dios, y es útil para enseñar a la gente, para ayudarla y corregirla, y para mostrarle cómo debe vivir” (2 Timoteo 3:16 TLA). ¿No es este un gran motivo para animarse? ¿No es este un buen incentivo para asimilar la Biblia, para estudiarla y deleitarse en ella?