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La ruta de la muerte

  • Actualizado: 21 octubre 2013 /

Nogales, Arizona. Hoy, en esta frontera, va a morir un emigrante. O quizá dos. Mañana se repetirá la historia. Y pasado mañana también. Son muertes terribles e innecesarias. Los emigrantes se pierden en el desierto, sin agua y usualmente mueren de insolación en dos o tres días a solo unas millas de la ciudad más cercana.

En los últimos años se han construido 350 millas de muros entre México y EUA. Es increíble que en 2013 sigamos hablando de muros. El muro de Berlín, que solo tenía 87 millas, empezó a demolerse en 1989. Me tocó verlo. Fue emocionante presenciar cómo los jóvenes alemanes de ambos lados destruían con cincel y martillo lo que los separaba. Por eso es tan aberrante ver cómo ahora quieren construir 350 millas más de muro en la frontera entre México y EUA. Pero la verdad, los muros no sirven para nada. A solo 15 minutos en auto de Nogales, Arizona, se acaba el muro grande, el que tiene unos 15 pies de altura. Se nota claramente dónde el Gobierno se quedó sin dinero. Y es ahí precisamente a donde se van los emigrantes para cruzar ilegalmente a EUA sin ningún problema, como Pedro por su casa. El problema viene después. Los coyotes cobran al menos dos mil dólares por persona por cruzarlos y, para no ser detectados por los agentes de la patrulla fronteriza de EUA, se alejan lo más posible de los puntos de vigilancia. Esto los deja, generalmente, a uno o dos días caminando del pueblo más cercano. Muchos nunca llegan. Ahí se acaba el juego del gato y el ratón. Es la ruta de la muerte.

El año pasado murieron 463 personas tratando de cruzar hacia Estados Unidos, según cifras oficiales de la Patrulla Fronteriza. Pero aquí hablan solo de cadáveres recuperados. Muchos ni siquiera son encontrados. Esta cifra es la más alta desde 2005.

Aunque ha bajado considerablemente el número de personas que intentan cruzar - 364,768 fueron detenidas en 2012, mucho menos que las 1,676,438 en el año 2000 - sigue subiendo la cifra de muertos en la frontera. Es uno o dos muertos por día, en promedio. Frente al incremento de muros y vigilancia del lado norteamericano, los indocumentados se arriesgan a cruzar por los lugares más alejados y peligrosos. El resultado es mortal.

Nada va a evitar este peligroso viaje. Es una simple cuestión económica. Si un inmigrante desempleado o subempleado en México y Centroamérica puede encontrar un trabajo en Estados Unidos que le pague 10 o 20 veces más que en su país de origen, seguirá existiendo la inmigración ilegal.

La única solución está muy lejos de aquí, en el Congreso de Estados Unidos. Ahí tienen que hacer dos cosas: primero, legalizar a los millones de inmigrantes que ya están aquí y, segundo, establecer un sistema de visas y residencia para que nadie tenga que tomar la ruta de los coyotes, el desierto y la muerte.

El Senado ya hizo lo suyo. Ahora le toca a la Cámara de Representantes. Los republicanos controlan esa cámara. Su líder John Boehner podría pedir un voto pero, hasta el momento, por razones incomprensibles, se ha negado a poner el tema de la reforma a votación. Las excusas se acabaron.

Siempre pasa lo mismo. Cuando está a punto de discutirse y aprobarse una reforma migratoria, algo se atraviesa. Pasó en 2001 cuando los presidentes George W. Bush y Vicente Fox estaban negociando un acuerdo migratorio, 19 terroristas usaron cuatro aviones para matar a casi tres mil norteamericanos en Nueva York y Washington. Todo se paró. Y ha vuelto a ocurrir. Pero ahora sí se acabaron las excusas. La pregunta a los congresistas es ¿qué tienen que hacer de aquí al fin de año? La respuesta es solo una: debatir y aprobar la reforma migratoria.

La falta de acción no es una opción. Cada día que estos congresistas se quedan sentados sin hacer nada muere uno o dos mexicanos en la frontera, uno o dos centroamericanos, uno o dos padres de familia. En la estación de autobuses de Nogales, México, me encontré a varias migrantes que acababan de ser deportadas. A las mujeres las dejan aquí; a los hombres más lejos, para que les cueste más trabajo regresar. Pero igual regresan.

Todos saben que se la juegan y que pueden morir en el intento, pero cruzan de todas maneras. Uno tiene la impresión que, para estos emigrantes, quedarse en México es morirse también: morirse de hambre, de enfermedad, de frustración.

La ruta de la muerte está abierta. Que venga el que quiera.