Contrario a la idea que la pobreza es un fenómeno multicausal, quienes profesan los enfoques populistas sostienen “que algunos son pobres porque otros son ricos”, lo cual llevaría a la conclusión errónea que terminando con los ricos la pobreza se acaba, o alternativamente, que despojando de sus bienes a los ricos el Estado podrá hacer justicia entregándole los mismos a los pobres.

Hace algún tiempo atrás, un senador argentino afirmó “que la democracia no le cambió la vida a nadie. Su expresión fue sacada de contexto en el sentido que estaba diciendo que en casi 40 años de democracia la gente hoy no tiene un mejor nivel de vida”, igual que sucede en muchos países Latinoamericanos.

El verdadero sentido de la frase consiste en que: “en rigor la democracia es un intento de limitar el poder de los gobiernos y de garantizar la alternancia cuando no son eficientes, pero no es la democracia un sistema económico en sí mismo”.

De tal manera, aunque un sistema democrático puede propiciar la existencia de un clima favorable para el crecimiento económico, el aumento del empleo y el fomento de las oportunidades para una mayor inversión nacional y extranjera, la democracia por sí misma no eleva la productividad; no supone inversión en nueva tecnología agropecuaria e industrial; no instala nuevas fábricas ni negocios digitales; no construye mejores instalaciones eléctricas ni carreteras y aeropuertos terrestres o marítimos; no funda escuelas ni colegios técnicos; no logra que la mano de obra tenga mayores capacidades y habilidades para el trabajo; no puede establecer nuevos centros hospitalarios ni un mejor sistema de previsión social; en resumen, no puede crear las condiciones imprescindibles para combatir eficazmente la pobreza.

Quienes suponen que bajo la pretensión de favorecer a las grandes mayorías de un país, basta con la simple declaración puramente retórica que ahora somos anticapitalistas, antioligárquicos, antimonopolios y antimperialistas, lograremos salir del subdesarrollo, crear mayor riqueza, disminuir la desigualdad y concederle felicidad a toda la población nacional, se engañan irremediable y peligrosamente, pues la demagogia y el populismo son estériles, sin un sólido fundamento económico y estructural.