La gran doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Jesús, nacida en el siglo de oro español, en 1515, acuñó la siguiente frase: “La imaginación es la loca de la casa”. Esta ingeniosa, y provocativa sentencia -que dicho sea de paso no tiene la intención de ofender a nadie, sino que es el típico lenguaje del siglo XVI- no hace alusión a la imaginación creativa y útil del ser humano, sino a ese discurso interminable de pensamientos e ideas que a veces desbordan la mente, y que en su mayoría terminan siendo un gasto inútil de energía.

La santa, comparaba a este “diálogo interior” con la “tarabilla” de un molino antiguo, que era una pieza de madera cuya principal función era hacer ruido constante, simplemente para indicar que el molino estaba funcionando. El consejo que brinda es sorprendente, “deja hablar a la loca, déjala hacer ruido”, sin interrumpirla, pero sin prestarle atención. Porque lo que capta nuestra atención determina nuestras acciones, la manera en que nos dirigimos en la vida, y aquello que somos es el resultado de los pensamientos dominantes que ocupan nuestra mente.

John C. Maxwell utiliza el siguiente silogismo para resaltar el poder de nuestro pensamiento: 1. Podemos controlar nuestros pensamientos; 2. Nuestros sentimientos provienen de nuestros pensamientos; 3. Podemos controlar nuestros sentimientos si aprendemos a cambiar el modo de pensar. Y es que, si por alguna razón tuviéramos que convivir en nuestra casa con una persona que hubiera perdido sus facultades mentales, claramente inmersa en su mundo imaginario. A lo mejor la dejaríamos hablar, pero no tomaríamos en serio sus palabras porque seríamos conscientes de su discapacidad, y mucho menos delegaríamos en ella la responsabilidad de tomar decisiones para el hogar.

No obstante, muchos de nosotros tomamos como fiel consejera a la imaginación, al momento de decidir y actuar. Otorgándole un poder capaz de alterar situaciones y trastocar nuestras ideas, agrandando y deformar sufrimientos, o creando fantasmas basados en temores infundados que terminan dominando nuestra vida. Por eso no podemos olvidar que es el pensamiento y no las circunstancias las que determinan nuestro estado de vida, de aquí la importancia de vaciar la mente de todo aquello que es tóxico y contaminante, porque eso terminará transformando también el corazón, a ese cambio de pensar y de sentir, es lo que los cristianos llamamos conversión, por eso dice San Pablo: “Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” .(Rom 12,2).