Las pandillas, más conocidas como “maras”, en tanto que fenómeno social y grupo humano, también cambian, se transforman y evolucionan. Así es, aunque usted no siempre lo crea.
Desde el grupo inicial, casi núcleo tribal, la pandilla va, poco a poco, experimentando mutaciones que la transforman y perfeccionan en su organización y funcionamiento. En la medida que su actividad delictiva reporta ingresos cada vez más cuantiosos y abundantes, la estructura pandilleril asciende a nuevos escalones de complejidad orgánica y funcionalidad operativa. El pandillero vago, que recorre las polvorientas calles de su barrio en busca de víctimas, se vuelve administrador de una “fortuna” que nunca había soñado y que ahora, casi por acto de magia negra, la vida (la vida de marero) le ha puesto de pronto en sus manos.
Pero para administrar tiene que aprender, buscar la ayuda de los que saben, de otros pandilleros menos ignorantes que él, aunque no tengan su liderazgo ni su antigüedad en la tribu urbana. La organización se vuelve un tanto más compleja y su conducción requiere algo más que arrojo y osadía. Requiere conocimientos, nuevas y más escasas habilidades.
La pandilla inicial, grupo de malvivientes resentidos con la sociedad y la vida, atrapados en los tentáculos de las drogas, dispuestos siempre a la violencia y el crimen, se convierte, por la vía del llamado microtráfico o narcomenudeo, en aliada indispensable del crimen organizado. La “mara” primigenia se vuelve “apéndice”, instrumento y ente subordinado del narcotráfico, por la vía de la distribución y del sicariato. El pandillero se muta en “mula” del traficante, transporta y distribuye, vigila y protege las rutas de la droga, pero, casi al mismo tiempo, se transforma también en herramienta de muerte, en sicario, asesino a sueldo. Al desempeñar este papel, la pandilla se consolida más como grupo instrumental, aunque ello no supone la pérdida de su autonomía operativa y criminal. Al contrario: entre más se consolida, la “mara” se vuelve más autónoma. Encuentra en la autarquía del grupo, la fuerza suficiente para negociar sobre su rol instrumental ante el narcotráfico.
Con el auge de la extorsión, los pandilleros encontraron su tesoro escondido. Los ingresos se multiplicaron en forma avasalladora, las rentas se volvieron constantes y contantes. Su fluidez adquirió una inesperada frecuencia rutinaria que la volvió periódica y sostenible. Los pandilleros se hicieron ricos, además de famosos, que ya lo eran.
Esta evolución simple, primaria si se quiere, refleja un proceso más complejo y profundo: el de la “corporativización gradual” de las pandillas, su evolución hacia formas más sofisticadas de organización y funcionamiento. Con los millonarios ingresos que les reporta la extorsión sistemática de sectores económicos enteros como el del transporte urbano e interurbano, los pandilleros se ven en la necesidad de convertirse en “empresarios informales”, “nuevos emprendedores” como suele decirse ahora. El Estado debe estudiar con mucha atención este novedoso fenómeno de la “corporativización gradual” de las “maras”. No sería malo verse en el espejo de El Salvador que, para temas de pandillas, es y debe ser un referente inevitable. De la misma manera que Guatemala lo es en el tema del crimen organizado. Ambos países, nuestros vecinos inseparables en la trágica geografía triangular y norteña, son los dos espejos clave en los que podemos ver reflejada la evolución de nuestros principales problemas en el campo de la seguridad pública.
Al estudiar con más detenimiento la forma en que han evolucionado las redes delictivas del crimen organizado, especialmente del narcotráfico, en Guatemala, así como la manera en que se han desarrollado y transformado las pandillas salvadoreñas, hijas directas de sus casas matrices norteamericanas, los hondureños podemos aprender mucho y, con ojo prospectivo y visión apropiada, prever la forma en que evolucionan nuestros propios problemas y desafíos locales en el campo específico del narcotráfico, el crimen organizado y las acciones de las pandillas. Es cuestión de utilizar el método del análisis comparativo para sacar lecciones, buenas y malas, a la vez que aprender de la experiencia ajena.
Atrás irán quedando los pandilleros vagabundos, reyezuelos de la noche en el barrio asediado, consumidores incontrolables de droga barata, hechiceros macabros en el tiempo de los sacrificios y ritos demoníacos. Poco a poco van siendo sustituidos por otros pandilleros, tan criminales como ellos, tan dementes y salvajes como ellos, pero con nuevos métodos y procedimientos, con más recursos, mejor organización y, lo que es muy importante, con nuevos y definidos objetivos. Igualmente peligrosos que sus antecesores, los nuevos pandilleros disfrutan de mejores condiciones y posibilidades. Han sabido crear sus propias oportunidades, generar su espacio de crecimiento y auge, su “paraíso” urbano, en medio del crimen, los asesinatos por encargo, la distribución de drogas, el control de las rutas migratorias, el tráfico de personas y la extorsión, sobre todo y por encima de todo, la extorsión. Esa fuente siempre creciente de ingresos fáciles, con una lista también creciente de víctimas propicias, que sume a la sociedad en un estado de temor y angustia, de permanente incertidumbre ante la temida visita del extorsionador de turno. El Estado debe replantear su visión sobre estos problemas. Basta ya de aferrarse terca y torpemente a las “soluciones” puramente represivas. Hay que utilizar más la inteligencia y la razón, antes que la simple fuerza, tan desmesurada a veces como irracional e inútil. A las pandillas y su evolución, al igual que al narcotráfico y las redes del crimen organizado, hay que verles como “amenazas reales” a la seguridad de la nación, del país entero, de la sociedad en su conjunto. Y, por lo mismo, hay que tratarlas como tales, con una mezcla ingeniosa de inteligencia apropiada y calculada firmeza. Si no lo hacemos, volvamos a vernos en los espejos de los países vecinos y preparémonos para lo que venga.
