En este mes en el que se hace memoria de aquellas personas que, con sus hechos, colaboraron con la definición de nuestra identidad nacional o contribuyeron notablemente con la construcción de la Honduras de hoy, podemos caer en la tentación de pensar que hace falta llevar a cabo hazañas extraordinarias para hacer de este país el lugar del que nos enorgullezcamos por haber nacido en él, y en el que queremos vivir y envejecer. Y lo cierto es que, el día a día, la existencia ordinaria, pone a nuestro alcance múltiples oportunidades de realizar pequeñas acciones que, sumadas, nos convierten en héroes de la vida cotidiana. No hace falta que seamos superhombres ni supermujeres para que podamos contribuir decididamente a hacer de nuestras comunidades lugares de convivencia amable en los que dé gusto estar.

Podemos, por ejemplo, comenzar por ser amables: usar las famosas palabras mágicas: gracias y por favor, dentro y fuera de la casa. Muy poco cuesta saludar a los vecinos cuando nos los encontramos o vemos al salir o llegar a casa. Hacerse el ciego, el desentendido o el indiferente, además de muestra de poca educación, en nada ayuda a crear sentido de comunidad humana. Pasa que, muchas veces, ni siquiera sabemos el nombre o apellido de las personas que habitan en la casa de al lado. Nos hemos acostumbrados a vivir como ermitaños en medio de los barrios y colonias, sobre todo de las ciudades más grandes y pobladas. Hemos perdido el sentido de vecindad con su necesario ingrediente de solidaridad. Hay, incluso, quienes huyen de los vecinos, los evitan, los esquivan, los ignoran. Ojalá y que nunca vaya a necesitar de su auxilio, porque ni siquiera sabrá como llamarlos.

También podemos esforzarnos por ser más respetuosos; para el caso: ceder el paso a los demás en sitios concurridos, respetar el turno en una fila, dejar libre el asiento para una persona que lo necesite más que nosotros, no invadir el espacio ajeno, hacer caso a las normas de circulación vehicular.

Y, por supuesto, en esta época de las redes sociales y del libre acceso a ese nuevo medio de comunicación de masas, evitar los insultos, las descalificaciones, la difusión de rumores y “noticias” falsas; decir no a la ordinariez, a la vulgaridad, a la miseria humana manifiesta. Si es poco noble jugar con el honor y la buena fama ajenas, peor es repetir “información” tendenciosa con fines perversos, solo para destruir al supuesto oponente.

Cuando luchamos por vivir este tipo de heroicidades posiblemente no nos haremos dignos de que nos dediquen un monumento ni nos hagan una estatua, ni siquiera un busto, pero, aunque discretamente, dejaremos una huella agradable por donde hayamos transitado.