01/04/2025
10:31 PM

Harris o Trump, una elección importante

Juan Ramón Martínez

Pocas elecciones de Estados Unidos han tenido más interés que las del próximo martes 5 de noviembre. Antes de esta, la que concitó mayor interés y nerviosismo fue la que enfrentó a Dewey y Truman. Los resultados en favor del primero estaban tan adelantados que los periódicos, antes de la medianoche, titulaban el triunfo del republicano retador. Truman era el vicepresidente, un senador desconocido, comerciante de telas, que había sucedido al fallecido FDR, el que más veces ha sido elegido en la historia de los Estados Unidos. Y que había acaudillado a su país en la Segunda Guerra Mundial.

Ahora, los encuestadores anticipan un empate virtual, por lo que nadie tiene que sorprenderse si gana uno o la otra. En lo único que las encuestas coinciden es que – en el voto popular– Harris y Trump están empatados; pero como quien elige al presidente de Estados Unidos no es el pueblo directamente, sino que el Colegio Electoral, los 270 votos es la cifra mágica que solo el martes sabremos quién la obtiene y sea el próximo presidente.

Al margen de las peculiaridades de Trump –un reflejo directo de la crisis existencial de la sociedad estadounidense– , los resultados electorales tendrán efectos inmediatos en todo el mundo. Los dos bloques de poder que de nuevo se han configurado en el escenario mundial se preparan para enfrentar el caso que Trump vuelva a la Casa Blanca, desde donde, anticipan, provocará un estremecimiento general y puede poner boca arriba todas las cosas y últimas certezas que ha manejado el mundo hasta ahora. Porque el retador republicano, que quiere volver a dirigir el Ejecutivo, no solo se representa así mismo como víctima, sino que parece expresar el desaliento, la fatiga y la debilidad de la sociedad estadounidense para seguir ejerciendo el liderazgo mundial. Un imperio que no quiere desempeñarse como tal, pero se comporta como el ordenador y policía del mundo. Y está comprometido en todos los conflictos mundiales. Carga que ahora algunos estadounidenses parecen no estar dispuestos a seguir llevando.

Por ello, Trump, aunque habla de hacer de nuevo grande a los Estados Unidos, es la mejor expresión desde las primeras décadas del siglo XIX en que los Estados Unidos muestran su falta de voluntad de ser el primero del mundo. Y busca – en la soledad y el aislamiento– llevar la vida tranquila que los patriotas que diseñaron los Estados Unidos nunca tomaron en consideración. Ellos crearon una gran nación para dirigir al mundo y garantizar la libertad. Trump no quiere liderar al mundo. Solo aspira a la libertad solitaria, como si esto fuera posible en un planeta sin Estados Unidos.

El presidente de Estados Unidos no es el hombre más poderoso. El diseño constitucional anticipó a hombres emocionalmente “desquiciados” como Trump. Por ello, el votante sabe que el presidente no puede hacer lo que le da la gana. Existe un Congreso que lo frena y una Corte Suprema que lo encarrila ejemplarmente.

En América Latina, el presidente es “un semidiós”. Allá, no. Cualquier juez puede desmontar un PCM del Ejecutivo, en la forma más natural. Y el manejo de la política exterior es propia de equipos profesionales, vigilados por un sistema de prensa inquisitivo y cuestionador. Y las FF AA no están al servicio del presidente. Por eso es razonable la loca nostalgia de Trump cuando dice que “le gustaría tener generales obedientes”, como Hitler en su tiempo.

Los temas de campaña, especialmente el de los migrantes, – que afecta a Honduras por su dependencia de las remesas– tiene efectos publicitarios. En realidad, cualquiera que gane tendrá que ordenar la frontera sur. Los demócratas de Obama expulsaron más inmigrantes que Trump. Harris, si gana, hará lo mismo. Aquí no hay que engañarnos.

El problema mayor es el referido a la cooperación e integración con USA en su confrontación con China. Honduras parece que empieza a entender las cosas. Mel sabe que una alianza con China es una aventura que solo Maduro cree en su oportunidad, ya que no tiene alternativas. Honduras, desde el berrinche –típico de las culturas subordinadas– puede recuperar espacios, rectificando y sonándose los mocos, volver a las filas. Ese es el método de los líderes subdesarrollados como Mel.

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