En el siglo 19, las revueltas armadas, llamadas “revoluciones”, fueron el mecanismo brutal para sustituir un gobernante por otro. El hecho fue tan frecuente, que en Honduras nos produjo el doble de presidentes que los Estados Unidos. Unos, muy breves, como Felipe Nery Medina, que gobernó dos días; y, otros longevos, como Tiburcio Carías Andino que gobernó durante 16 años. Y que el tema de la reelección, con oposición liberal, se ha convertido en la fuente de la mayoría de los males de la República imposible en que se ha convertido Honduras.
En el siglo 20 se desarrolló la frase “Golpe de Estado”, parecido a “razón de estado” o “crimen de estado”. Expresiones engañosas, porque no era el Estado que operaba en contra de sí mismo, sino que fuerzas políticas las que atentan contra el Estado, entendido este como sociedad políticamente organizada. Mientras aquí hemos tenido cuatro golpes durante el siglo 20 y un intento en el 21, en Estados Unidos, no ha habido uno siquiera. Dicen con sorna que, es porque en Washington no tienen embajada americana. Indicando con la afirmación que es, en estas representaciones diplomáticas, donde se planifica las acciones y los golpistas buscan apoyo.
No hemos estudiado suficientemente los golpes contra el Estado. Posiblemente, el más documentado es el de 1904, en que el presidente Manuel Bonilla, usando la policía dirigida por Lee Christmas, apresó a los diputados de la oposición que ejercían severas críticas en contra del gobierno, cosa que el gobernante escuchaba en forma directa, porque las sedes del Ejecutivo y el Legislativo estaba en el mismo edificio. En 1954, los diputados nacionalistas y reformistas no asistieron a la instalación del Congreso; y, precipitaron un vacío constitucional que dio paso a la dictadura de Julio Lozano.
El 21 de octubre, los militares sacaron del poder a este gobernante, que viejo y enfermo, murió muy poco después, solo y abandonado en Miami. Después, en 1963 y en 1972, López Arellano dio dos golpes, convirtiéndose en el mayor golpista de la historia. Y finalmente, el 28 de junio del 2008, Manuel Zelaya intentó dar un golpe, conjurado por la Fiscalía General y la Corte Suprema de Justicia, con la destitución suya por el Congreso Nacional, en una crisis que todavía estamos sufriendo en el país. Cada golpe terminó con la constitución vigente y obligó la suscripción de otra emitida por los constituyentes.
De modo que, aquí hemos tenido 15 Constituciones, sin que haya significado nada nuevo, porque han sido simples caprichos de los líderes políticos que han creído que así se logran colocar en lugares cimeros de la historia nacional. La mayoría de los países del mundo, fuera de América Latina donde este mal es endémico, solo han tenido una o dos constituciones. Lo interesante es que, parece que, pese a tener nueva constitución – o pacto social como dicen algunos prestidigitadores del mal – no ha ocurrido nada mejor y seguimos, como desde el principio, siendo la Cenicienta de Centroamérica y el segundo país más pobre del continente.
En voz baja, se ha empezado a hablar de golpe de estado. Hay que reconocer que existen condiciones para ello. El Congreso no reinicia sus sesiones. El gobierno ahora enfrenta la más fuerte oposición, nunca vista desde 1904. Y Xiomara Castro, gobierna de espaldas a la voluntad de las mayorías, sin mostrar interés de reconciliar al pueblo con sus gobernantes. Ni crear nuevas alianzas. Cada iniciativa suya, recibe rechazo de las mayorías.
El clima es, desafortunadamente, favorable para un golpe de Estado. Estos, nunca han sido beneficiosos; y, menos, para ahora. Por ello, es obligado rechazarlos; e, imaginarlos siquiera.
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