Telluride, Colorado.
Crystal Hesch está teniendo dificultades con su padre, quien le dijo que, al traer a su hijo de ocho años a este bastión liberal en el suroeste de Colorado, le estaba dando al niño un entrenamiento prematuro para ser un “terrorista”.
Durante una docena de años, Hesch dirigió un festival de cine llamado Frozen River en Winona, en la zona rural de Minnesota. Ha sido asistente regular al festival Mountainfilm aquí, en Telluride, el que fuera un pueblo minero que pasó por el redescubrimiento de onda y ha conservado algo de ese espíritu en su actual y lujosa encarnación.
Hesch se acercó a mí angustiada. Está frustrada porque ni siquiera puede llegar a un punto de partida para sostener una discusión razonada con su padre, un firme partidario del presidente Donald Trump. “¿Qué puedo hacer? Ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en una realidad sobre la cual discutir o una fuente que ambos aceptemos”, dijo. Como muchos de los que votaron por Trump, su padre está convencido de que existe un complot liberal para sabotear al presidente.
La experiencia de Hesch es normal. Decenas de millones de oponentes de Trump no se pueden comunicar con decenas de millones de sus partidarios. No hay un vocabulario viable. No hay una realidad que se comparta.
Esta es la división a la que nos han guiado Fox News, la desacreditación republicana de la razón y la ciencia, los algoritmos de los medios sociales que refuerzan a la grey, la arrogancia liberal, el fanatismo y una economía de creciente desigualdad.
Es, quizá, el problema más importante que confronta Estados Unidos porque el extremo de una fractura que se endurece y de la incomprensión mutua es la violencia; como la semana pasada que un supremacista blanco, que insultaba musulmanes, apuñaló fatalmente a dos hombres en un tren urbano en Portland, Oregón.
En Nueva York, nunca es necesario encontrarse a un partidario de Trump. Sin embargo, en Colorado, ni es rojo ni es azul, sino morado, es imposible evadir las conversaciones difíciles que atraviesan las líneas políticas. El estado votó por Hillary Clinton en noviembre, con un margen de casi cinco por ciento sobre Trump, pero él está convencido de que pudo haber ganado; ya aparecieron anuncios de Trump para el 2020. Colorado está en el juego.
Ecos de los partidarios de Trump se fusionan en mi mente —Dios nos puso en esta tierra y ahora no se nos permite tener ganancias como resultado de todas las regulaciones ambientales, y yo tengo que subdividir y vender mientras las reinas del bienestar social cobran las dádivas porque son demasiado flojas para trabajar.
O esto: La gente tiene que escoger entre calentar su casa, comprar comida o pagar la atención de la salud, y ustedes quieren que se preocupe por la sobrevivencia del planeta o las cosas de los transgénero? Yo respeto a los negocios y desconfío del gobierno. Esa es la forma de ser estadounidense. No quiero que los inmigrantes ilegales se queden con nuestros empleos. No me gustan los liberales que compran en Whole Foods y hablan con arrogancia de mí porque yo compro en Wal Mart. La vida de los blancos también importa, sabe. A esa mujer se le olvidó eso; y perdió. Perdimos nuestra disciplina y nuestro código moral en este país. Así es que necesitamos a Trump el honesto para que sacuda las cosas
Y esto: Necesitamos que Dios regrese a nuestras escuelas. No podemos solo condonar cualquier cosa que hagan nuestros hijos. Nadie va a sacar a Dios, ni a las armas de nuestro país. Yo no quiero que nadie me diga que no me puedo defender. Yo no quiero tener que agarrar un cuchillo en un tiroteo. No me digan que no puedo tener una pistola cuando que los maleantes tienen una. Es cuestión de cuidarme. Si este país me dijera alguna vez que no puedo tener una pistola, yo saldría a las calles.
Estos son compuestos del mundo de Trump. Es importante escuchar a las personas. Eso es la democracia: escuchar lo que dice la gente. Hay racistas odiosos entre los partidarios de Trump; también hay muchos estadounidenses decentes, considerados, inquietos y patriotas que sintieron que estaban perdiendo alguna parte de la esencia de su país. La complacencia liberal que sostiene que, simplemente, es necesario “educar” a estas personas, es contraproducente. Si eso – autosuficiencia costera - es lo exuda el Partido Demócrata perderá, tal como pasó con Clinton el año pasado.
Como me lo dijo Abe Streep, un periodista y escritor que vive en Montana: “Nunca se ha convencido a nadie haciéndolo sentir estúpido”.
Hablé con Alexandra Arboleda, una abogada en Phoenix, a quien eligieron el año pasado para el consejo del Distrito Central de Conservación del Agua en Arizona. Es una demócrata en un condado republicano y una mujer que tiene opiniones firmes sobre el cambio climático en una zona donde tales convicciones se topan con hostilidades.
“Tienes que ser más receptivo y ver cuál es el origen de las personas que no piensan como tú”, dijo. “La mayoría de las personas están preocupadas por el cambio climático. Pero donde en Telluride eso podría ser la prioridad número uno, con los republicanos baja en la lista. Así es que te tienes que adaptar. En lugar de hablar de sustentabilidad y cambio climático – palabras que los echan a andar – hay que hablar pragmáticamente de planes de conservación por la sequía. Persuadirlos de que incrementar la eficiencia en la irrigación en un momento de la sequía más prolongada en la historia registrada en el sistema del río Colorado beneficia a todos, desde las granjas hasta los usuarios urbanos río abajo. Se puede hacer. Pero tienes que frenar la arrogancia liberal que circula por ahí”.
Estados Unidos necesita de las conversaciones que no está sosteniendo. Empiezan, para ambos lados, con escuchar. La alternativa es la confrontación sangrienta.
