Los magnánimos pensadores han pretendido llegar al fondo de la conciencia humana para indagar las grandes motivaciones del homo sapiens, certificar las búsquedas de los satisfactores que devienen en autorrealización, y de esa manera intentar responder a las grandes inquietudes que levantan la voz desde la conciencia más ignota.
Esa búsqueda existencial le muestra al hombre que la vida es demasiado corta, que las manecillas del reloj avanzan inexorablemente acercándonos cada vez más a la puerta de entrada de la eternidad, que el día es como neblina que en el crepúsculo se adormece cual leve suspiro.
Ante ello debemos enfocar a lo esencial que es invisible a los ojos, indagar en lo recóndito del lugar donde habita la libertad del ser humano y allí descubrir lo verosímil de nuestro propósito más prominente, solo en esa senda seremos capaces de encontrar la satisfacción divina de la vida.
Cuando descubrimos ese enfoque sabremos que las espinas y abrojos del camino no deben tener el poder de retenernos o desviarnos de la meta suprema, que las heridas que pronto sanan serán un recuerdo de las victorias forjadas en el valle de lágrimas pero que no fueron capaces de distorsionar la visión prístina del mañana promisorio.
Lo que fue ya es y lo que habrá de venir ya fue, es la cíclica insaciable que no espera a nadie, pero que a su vez otorga nuevas misericordias y oportunidades en cada despunte del alba, es la posibilidad de comprometerse con lo que no podemos comprar con dinero, pero sí podemos adquirir y disfrutar sin un céntimo de plata.