La política, como cualquier competencia, implica victorias y derrotas. Sin embargo, a diferencia de un juego o deporte, las consecuencias de no aceptar una derrota electoral trascienden lo personal, es decir, afectan la estabilidad institucional, la confianza ciudadana y la salud democrática de un país. Ser un mal perdedor en el juego de la política significa negarse a reconocer los resultados legítimos de un proceso al cual se han sometido, o a las reglas del juego; pero esta actitud de negación irracional puede desencadenar crisis profundas en la sociedad.
El politólogo estadounidense Adam Przeworski, en sus escritos y entrevistas sobre el tema, menciona que “aunque el mundo esté pasando por una crisis generalizada de desconfianza con las instituciones y polarización de la sociedad en todos los ámbitos, siempre uno de los elementos claves y básicos de la democracia está dado por la “épica de los perdedores”. Sin embargo, ante esto, el politólogo argentino Santiago Leiras, describe que en los últimos años se ha advertido un debilitamiento de esa “épica de la derrota”, e introduce el asunto para tratar de verlo a la inversa y observar este fenómeno como el “Síndrome del Mal Perdedor”.
En ese sentido, tratare de definir el concepto de “mal perdedor”, desde la vida cotidiana, donde un mal perdedor es quien reacciona con enojo, excusas o negación visceral ante una derrota. En política, este comportamiento se amplifica cuando un candidato o partido que no reconoce su derrota puede poner en duda la legitimidad del sistema electoral, sembrar desconfianza y polarizar a la ciudadanía, especialmente a los más ignorantes e incautos emocionales.
Y es que la negativa a aceptar una derrota electoral no es un fenómeno aislado. A lo largo de la historia reciente, varios líderes en el continente americano han mostrado actitudes de “mal perdedor”, poniendo en riesgo la estabilidad institucional y la confianza ciudadana. Analizar estos casos puede permitirnos comprender cómo la falta de aceptación de los resultados puede escalar hacia crisis políticas y lo que un mal perdedor puede provocar.
Algunas manifestaciones comunes de este síndrome en una contienda electoral pueden ser en primer lugar la negación de resultados oficiales, donde las cifras presentadas por organismos electorales no son de la confianza y se busca por todos los medios el rechazo a estos. En Honduras, el órgano constitucional y con las plenas facultades tanto técnicas y operativas para brindar los resultados oficiales es el Consejo Nacional Electoral, y todos los participantes en el proceso se someten a las leyes y normativas reglamentadas para su complimiento mediante la supervisión de este organismo que tiene representantes de todos los partidos políticos en contienda.
Otro síntoma en la definición del fenómeno del “Síndrome del Mal Perdedor”, es que se recurre a las narrativas de fraude sin pruebas, y este infame recurso, consiste en difundir teorías que desacreditan el proceso democrático sin tener las pruebas o evidencias, sino que se recurre a la difamación especialmente de las autoridades, en el caso de Honduras del pleno de consejeros en el CNE, y demás instituciones encargadas de velar por el proceso.
Por otro lado, otro síntoma del mal perdedor es que recurre a la deslegitimación del adversario, es decir, evitar reconocer la victoria del contrincante, cuestionando su capacidad para gobernar, llegando a la obstaculización de la transición con artimañas para retrasar o impedir el traspaso de poder, generando incertidumbre institucional.
Cualquier parecido de estos síntomas con lo que pasa en Honduras, no es de extrañarnos, somos parte de un sistema global, y también aquí ha llegado este fenómeno del “Síndrome del Mal Perdedor”, especialmente cuando los que no han sido favorecido con el voto o que han perdido las elecciones, al sentirse ya sin posibilidades sucumben a las bajezas de este fenómeno social, y se les observa los síntomas del mal perdedor.
Para finalizar este artículo, permítanme brindar opinión sobre las consecuencias para la democracia. En primer lugar, el comportamiento de un mal perdedor en política no solo afecta su imagen personal, sino que puede erosionar ciertos aspectos en la vida en un país en cuanto a debilitar las instituciones al poner en duda su imparcialidad, profesionalismo, sistemas informáticos, estadísticos y matemáticos de los cuales se hacen uso en los entes formales y establecidos, particularmente los datos emanados de las actas firmadas por los integrantes de las Juntas Receptoras de Votos.
También, otra consecuencia negativa y desastrosa es la de polarizar a la sociedad, dividiendo a los ciudadanos en bandos irreconciliables, al sembrar discordia y apelar al odio entre las partes.
Por otro lado, de manera trágica puede generar inestabilidad política, con protestas, crisis de gobernabilidad o incluso violencia, ocasionados por grupos antisociales, por lo general seguidores ciegos del mal perdedor.
Consecuentemente, esto lleva a erosionar la confianza ciudadana, lo que reduce la participación futura especialmente los más jóvenes, situación que alimenta el desencanto democrático en los países.
Aceptar la derrota con dignidad es un acto de madurez política. Reconocer los resultados fortalece la democracia, permite la alternancia pacífica en el poder y demuestra respeto hacia la voluntad popular. Un buen perdedor no desaparece enojado o resentido, en lugar de eso, se convierte en oposición constructiva, fiscaliza al gobierno y se prepara para futuras contiendas.
La democracia se sostiene en la capacidad de aceptar tanto la victoria como la derrota. Por ello, la verdadera grandeza de un líder político no se mide solo en cómo gana, sino en cómo sabe perder.
Recuerda: “Apártate del mal, y haz el bien; Busca la paz, y síguela” – Salmos 34:14
Salud y éxitos en la vida.