Ingrid Betancourt me dijo una vez que ella iba a ser presidenta de Colombia y que, luego, me invitaría a la Casa de Nariño para darme una de sus primeras entrevistas. Y nunca lo ha dudado. De hecho, en la última conversación que tuvimos hace unos días me aseguró: “Te lo voy a cumplir”.

​Con Ingrid he tenido una larga conversación que ya dura más de 20 años. La conocí el 15 de enero del 2002 en Miami, poco después de haber lanzado su campaña presidencial en Colombia y en la presentación de su libro “La rabia en el corazón”. Estaba llena de energía y de sueños. Su lenguaje era directo, rebelde y marcado por la indignación de ver a su país sumido en la violencia, la pobreza y la corrupción. Y aunque el candidato a ganar era nada menos que el controversial y poderoso Álvaro Uribe, la propuesta de la senadora Betancourt atraía a millones de colombianos.

​Pero 38 días después de haberla conocido, Ingrid fue secuestrada por las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Su libro “No hay silencio que no termine” es una valiente, honesta y devastadora narración de los horrores y abusos que vivió durante seis años y 140 días de cautiverio.

​“Estoy muy cansada”, me dijo Ingrid desde París, poco después de ser liberada en julio de 2008 en un temerario rescate -Operación Jaque- realizado durante el segundo mandato de Álvaro Uribe. Lo único que ella quería en ese momento era recuperar el tiempo perdido con sus hijos, Lorenzo y Melanie. “He dormido poquito estos días”, me dijo en aquella entrevista, donde se veía claramente agotada. Pero me quería hablar de ellos, a pesar del enorme cansancio que le dificultaba pronunciar párrafos completos. “Y cuando ellos están dormiditos al lado mío”, me contó, “y los veo dormidos, y veo en sus caras eso que queda de niñitos -ya no son niños, ya son unos adultos- es muy hermoso.” ​Ingrid pasó los siguientes años viajando entre París y Nueva York -donde vivían sus hijos- y más tarde estudió teología en la Universidad de Oxford. Todo mientras se recuperaba de los daños y traumas causados por su brutal secuestro. Pocos han explorado como ella, en primera persona, los temas del perdón y la reconciliación. Su plática TED (ideas dignas de difundir) sobre lo que aprendió en cautiverio respecto al miedo y la fe ha sido vista por casi un millón de personas. Por todo lo anterior, muchos creyeron que nunca regresaría a la política. Pero se equivocaron. Siempre quedó pendiente la pregunta de qué habría pasado en el 2002 si Ingrid no hubiera sido secuestrada. ¿Le habría ganado a Uribe? ¿Hubiera sido presidenta?

Las cosas han cambiado mucho en Colombia en estas dos décadas. Algunos no le perdonan a Ingrid haber iniciado el proceso para reclamarle al Estado colombiano más de seis millones de dólares por su secuestro. “Yo no fui irresponsable”, dijo entonces en una entrevista radial. “Yo no quería encontrarme en una situación de secuestro por seis años. Me quitaron los escoltas y me dejaron seguir”. La realidad es que, al final, Ingrid nunca presentó la demanda.

​Ahora saltemos al 2022. ¿Puede ganar Ingrid la presidencia? Es complicado. Ella se ha retirado de la Coalición Centro Esperanza por diferencias sobre el financiamiento de las campañas de otros precandidatos. Y, por lo tanto, ha lanzado su propia candidatura independiente con su Partido Verde Oxígeno.

Antes del anuncio de la candidatura de Ingrid, el candidato izquierdista Gustavo Petro lideraba en las encuestas entre una veintena de candidatos. Pero una encuesta del Centro Nacional de Consultoría indica que el 32 por ciento de los 400 encuestados dijo que sí votaría por ella. Falta mucho de aquí a la primera vuelta de las elecciones presidenciales el 29 de mayo. Y si algo estoy seguro es que Ingrid -quien encontró su voz hace mucho- no se va a quedar callada.

¿Por qué regresaste a Colombia cuando podrías haber llevado una vida totalmente distinta? Le pregunté recientemente. “Yo creo que es una declaración de amor”, me contestó. “Mi papá decía que todos nosotros tenemos un vector de vida y que uno lo va construyendo con las decisiones conscientes e inconscientes que uno toma. Y mi vector de vida es, definitivamente, servirle a Colombia.”

Ingrid considera que su candidatura es una “opción diferente” ante los extremos políticos que representan el candidato Gustavo Petro y el expresidente Álvaro Uribe. “Ellos han hecho del país una especie de campo de batalla, dominado por la corrupción”, me explicó. Y luego me habló de las divisiones que marcan su país: “Los colombianos hemos vivido desde hace décadas divididos, matándonos entre nosotros, insultándonos... El cambiar el destino, el rumbo de Colombia, implica unir a los colombianos, superar esa división y ese odio y sembrar amor.”

Colombia nunca ha tenido una presidenta. ¿Es este el momento? “Yo creo que este es el momento de la mujer”, me dijo. “Y creo que Colombia necesita una visión de mujer para hacer los grandes cambios, las grandes transformaciones de fondo que necesita nuestro país”.

Los críticos de Ingrid puede decir muchas cosas, pero pocos en Colombia han vivido -y sufrido- tanto como ella. Eso no necesariamente la convierte en la mejor candidata. Peor sí le da una perspectiva y profundidad que otros no tienen. ¿Quién puede decir que pasó seis años secuestrada, sobrevivió y ahora ha regresado a la política? Este retorno requiere de un gran sacrificio a nivel personal. “Me siento muy feliz -muy identificada con mi alma- al estar aquí luchando por mis sueños y por los sueños de los colombianos”, me dijo antes de despedirse. “Les puede sonar un poco como un cliché, pero si uno no tiene la fe en que las cosas pueden cambiar, pierde la vida un poquito su sentido.”

Ingrid quiere terminar lo que empezó. Su misión aún está incompleta. Y no podemos olvidar que en el pasado, quienes han apostado contra ella, han perdido.