Hace poco se conmemoró el Día de la Identidad Nacional, una de esas fechas en las que cabe la reflexión: ¿qué nos identifica actualmente?
Estuve pensando en aquello que ha sido constante a lo largo de mi vida, desde la niñez tan lejana ahora, hasta la adultez. En las palabras que he escuchado, en las que he repetido y que son verdaderos “lugares comunes” para quienes somos de estas Honduras.
Encontré una palabra, tan cotidiana que reparamos poco en ella: ojalá, que significa el “vivo deseo de que suceda algo”, como nos señala el diccionario.
“Ojalá nunca volvamos a tener que escondernos” escuché a mi abuela, cuando narraba la persecución de la que había sido objeto mi abuelo, por pensar diferente y apoyar al doctor Ramón Villeda Morales, en tiempos de la dictadura cariísta.
Comparto el deseo de antaño de mi abuela y añado: ojalá no nos convirtamos en lo que tanto hemos rehuido.
Somos el país de ojalá, como una señal de la esperanza que se mantiene viva, a pesar de los problemas y desafíos.
Ojalá que por fin encontremos el camino, que aprendamos de las experiencias, que traduzcamos el ímpetu y el deseo de lucha en temas que nos hagan salir adelante y no en dividirnos.
Ojalá, que resume el deseo de vivir un mejor presente, que la niñez y la juventud quieran y puedan quedarse para ser y crecer, que puedan pensarse a futuro.
Que el maniqueísmo no nos absorba, que aprendamos a aceptar que la realidad no se reduce a “buenos y malos” de acuerdo con nuestras propias creencias e intereses.
Ojalá que aprendamos a visualizar la realidad desde distintas perspectivas, que las emociones no nos conviertan en presa fácil, que entendamos que todos tenemos derechos inalienables, los que compartimos formas de pensar y aquellos que disienten.
Que el miedo no encuentre cabida, que no se quede a vivir con nosotros. Ojalá que tengamos la claridad para entender que nadie tiene el monopolio de las ideas, que la diversidad de pensamiento nos enriquece.
Que la tolerancia no es aceptación, pero sí respeto en ambas vías; que el cansancio es malo, porque abre la puerta a la desesperanza.
Ojalá que el pasado no sirva de justificación, sino como experiencia para no repetir errores que han dañado tanto al país; que el resentimiento no se convierta en permiso para el abuso, sino en un cambio que nos haga prosperar.
Que por fin desarrollemos la capacidad para dialogar, porque sin cerrar heridas, sin crear puentes, será imposible que veamos juntos hacia un mismo destino compartido.
¿Qué nos identifica como hondureños? ¿Qué deseamos todos y todas? Queremos un país donde vivir en paz, una patria para nuestros hijos, un futuro claro, con libertad y donde los derechos humanos sean respetados.
Que el temor no sea compañía, que la oscuridad de los abusos no crezca, que podamos ser y pensar, sin tener que agregar las palabras “atreverse a”.
Un lugar donde haya condiciones adecuadas para vivir: educación, salud, vivienda, trabajo digno y acceso a la cultura. Que el sueño de nuestros antepasados, que también compartimos, logre por fin materializarse. ¡Ojalá!
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