Es probable que al leerlo, muchos digan: “¡vaya nombre el que se cargaba!”. (Yo no puedo decir mucho porque el mío también es un poco raro). Sea como sea, la singularidad del personaje que les quiero presentar va mucho más allá de su nombre. Su ejemplo hace que nos replanteemos nuestras ideas sobre las relaciones interpersonales y, al mismo tiempo, nos imbuye en un tema incómodo: la necesidad de soportar la injusticia.
Me refiero a Kaspar Schwenckfeld von Ossig. Él fue un líder de la Reforma protestante del siglo XVI, quizás injustamente olvidado en los anales de la historia. Aunque podríamos resaltar muchos aspectos de la conducta y el pensamiento de Kaspar, aquí nos referiremos solo a una anécdota de su vida.
Schwenckfeld tuvo un encuentro personal con Dios gracias a las ideas y mensajes del reformador alemán, Martín Lutero. Con este último mantuvo una estrecha relación y fue él quien lo animó a predicar y a desarrollar su liderazgo. Sin embargo, la amistad entre ambos se vino abajo cuando Schwenckfeld le expresó a Lutero ciertos asuntos que creía erróneos en su enseñanza. A partir de este momento, el reformador alemán será implacable con Schwenckfeld. Se referirá a él como: “un loco insensato, poseído por el diablo, un hereje, un iluminado, que no entiende nada ni sabe nada”. Ya no le llamará Schwenckfeld sino Stenckfeld (campo maloliente). Como fruto de todo esto será perseguido por muchas personas y tendrá que exiliarse en varios lugares por más de 30 años.
Pese a todo, cuando a Schwenckfeld le preguntaron sobre la animosidad de su antiguo maestro hacia su persona, él dijo: “Que el Dr. Martín Lutero piense de mí lo que quiera, yo sigo debiéndole honor, amor y todo bien”.
La actitud de Schwenckfeld, por más increíble que nos parezca, nos invita a reflexionar seriamente sobre cómo reaccionamos a las ofensas que los demás nos hacen. ¿Con cuánta frecuencia una mala mirada o un mal comentario bastan para que cierta persona quede marcada para nosotros por siempre? Nadie puede negar lo incongruentes y erróneos que podemos ser los seres humanos (como lo fue Lutero con Schwenckfeld). Sin embargo, ¿cómo un ser finito e imperfecto como lo es cada individuo puede pedir perfección a los demás? Si esperamos impecabilidad nunca tendremos relaciones significativas. Además, ¿hemos contado las veces que en lugar de ser la víctima somos nosotros los ofensores?
Por otro lado, esta anécdota nos invita a ser más balanceados en nuestras percepciones sobre los demás. Lo común es maximizar un error y olvidar los incontables beneficios que nos ha prodigado el que nos ofende. Schwenckfeld puso en balanza lo bueno y lo malo que había recibido de Lutero y estaba claro que eran mucho más los beneficios que los daños. Por eso estuvo dispuesto a soportar la injusticia. Si Schwenckfeld pudo (sí, el del nombre raro) creo que usted y yo también podemos. Es difícil, pero no imposible. ¿Qué piensa?