Segundo, una misión encomendada al sujeto de dicha llamada. Tercero, la llamada y la misión se juntan en uno solo, este es, el sujeto de esa llamada.
Estas narraciones con sus “denominadores comunes” tienen una nota característica específica, esto es que casi siempre el sujeto de la llamada es un joven.
David (1 Sam 16: 1-13), Samuel (1 Sam 3: 1-18), Jeremías (Jr 1:1-10) y María, la Madre de Jesús (Lc 1, 26-38) son solo algunos ejemplos de cómo Dios se valió no solo de una etapa cronológica de estos personajes, sino también de su ingenio, su energía, su entusiasmo, su pasión por la vida, su apertura al cambio y la novedad y, sobre todo, su valentía y coraje de arriesgarlo “todo” con tal de cumplir el encargo, la tarea, la misión encomendada.
Dios llama continuamente.
Lo más maravilloso y desconcertante es que Dios muchas veces no se revela “en grandes acontecimientos”, él más bien elige lo sencillo, lo silencioso e incluso aquello por lo que nadie apostaría, humanamente hablando. Dios es un Dios que desconcierta y rompe nuestros esquemas. Es así que la Sagrada Escritura nos cuenta que eligió a una adolescente (María) para que fuera la madre de Jesús, su Hijo, el Salvador de la humanidad.
¿No es acaso un tremendísimo proyecto como para encomendarlo a una adolescente?
En Honduras, según datos de encuestas y registros del Gobierno, la población mayoritaria es joven. Se vuelve muy necesario y urgente que los jóvenes de este siglo den a conocer de qué están hechos. No manchando paredes, no quemando llantas, no ofendiendo al que piensa diferente, no solo con grandes “pronunciamientos” en sus estados de redes sociales, sino sabiendo dialogar con los grandes de este siglo, pensando antes de actuar y hablar, con una conciencia moral y social bien formada, aprendiendo a vivir y convivir con los otros en un mundo tan plural y diverso.
