Debido al carácter de complejidad y desaire que conlleva hoy día las palabras “discriminación” y “tolerancia”, y al deseo que se persigue de que estas sean bien comprendidas, se hace necesario mencionar aquí dos planteamientos o ideas que nos ofrezcan una alternativa a la hora de decidir cómo nos vamos a comportar en relación con ellas.
1) Se debe aprender a discernir correctamente la palabra “discriminación”. En el contexto que vivimos actualmente, esta palabra puede ser tan desorientadora como sugerente. Ya que, como se observa en el diccionario, esta cuenta con dos definiciones que, si se desconocen (o solo se conoce una), o no se han entendido bien, la dificultad en aplicarlas de forma correcta será alta, entrando en errores o injusticias a la hora de evaluar aquellas situaciones que se nos presentan en nuestro entorno, relativas a la actitud hacia los demás.
Por ejemplo, si nosotros ignoramos que una de las definiciones de la palabra “discriminar” dice que esta involucra una “selección-exclusión”, será muy difícil —sino que imposible—, que podamos comprender que el señalar una conducta como incorrecta o equivocada, o manifestar que ciertas acciones, en sí, no son adecuadas porque podrían dañar a la persona, no significa en ningún momento “trato de inferioridad” u “opresión” (la otra definición).
Simplemente significa que el emisor ha expresado un punto de vista adherido a una convicción, que excluye todas aquellas situaciones que no forman parte de ella. Lo cual no es incorrecto. Y si nos fijamos, esto es algo que constantemente estamos haciendo. Es decir, discriminamos cuando preferimos un amigo, cuando seleccionamos a un empleado, cuando votamos por un dirigente político, cuando buscamos esposa o esposo, etc. Siempre estamos eligiendo; haciendo a un lado a unos y acaparando a otros. Porque desde el principio fuimos dotados con libre albedrío; con esa libertad que nos permite decidir qué seleccionamos y qué excluimos entre el ligado de opciones que poseemos.
2) Se debe valorar la libertad y respetarla. Como se dijo, cada persona cuenta con libertad, la cual es dada por Dios. Por medio de ella se ejercita la voluntad para la toma de decisiones. Hasta el día de hoy, se podría decir que esa libertad nunca ha sido coaccionada, limitada o restringida por Él. Y basta con echarle un vistazo a la historia para darnos cuenta cómo la libertad que el ser humano siempre ha dispuesto, ha ido transformando el mundo en el que se desenvuelve.
Por tanto, si Él, que es Dios, respeta nuestra libertad, cuanto más nosotros deberíamos hacerlo. Aun si advertimos que la decisión tomada por otro podría acarrearle consecuencias no deseadas. O aun si creyéramos que el receptor de nuestro mensaje debe aceptarlo sin dudar, por poseer argumentos de mayor validez. En ese sentido, no podríamos obligarlo a ver la situación como nosotros la vemos ni forzarlo a cambiar de parecer. Se puede dar un consejo, instrucción, o presentar el por qué de nuestra postura, pero nunca empujar a las personas a pensar y actuar “igual que” o de la “forma que” nosotros queremos. De no ser así, nunca vamos a ser capaces de respetar la libertad y, por ende, siempre vamos a querer imponernos.