El “Dilema” de fin de año

El dilema de fin de año: entre lo que termina y lo que aún no comienza.

Cada fin de año se abre un espacio peculiar en la experiencia de las personas, donde podríamos decir que es que una frontera entre lo vivido y lo que viene por vivir.

Las últimas semanas de diciembre suelen estar cargadas de balances, despedidas simbólicas, celebraciones y una presión social silenciosa, misma que a veces es ruidosa, y para algunos es considerada una época para “cerrar ciclos” y comenzar de nuevo la rueda.

En este umbral de festividades, ocupaciones y compromisos en exceso, muchas personas experimentan un dilema profundo: ¿cómo aceptar lo que ya no se puede cambiar mientras se abraza la incertidumbre del futuro? Este conflicto se convierte en el dilema de fin de año, un momento en el que conviven la nostalgia y la esperanza, la reflexión y la prisa, el deseo de mejorar y el miedo a no lograrlo. Es decir, un carrusel de emociones, sentimientos y dicotomías que llevan a las personas a pensar con preocupación entre lo que termina y lo que aún no comienza.

Es alli donde el dilema surge, en parte, por la necesidad casi ritual e histórica que tenemos de evaluar el año que termina. Normalmente se hace un inventario emocional: los logros celebrados, las oportunidades perdidas, los errores inevitables y los aprendizajes que dejan huella positiva en las personas. Sin embargo, esa recapitulación puede convertirse en una carga cuando el individuo siente que no cumplió con sus metas o que el tiempo se le escapó entre los dedos, algunos se angustian porque cierran el año sin los resultados que perseguían.

La sociedad, con su insistencia en la productividad y la autoexigencia competitiva, refuerza este sentimiento al convertir el cambio de calendario en un juicio moral sobre el progreso personal, convirtiendo esto en un dilema de fin de año.

Al mismo tiempo, el inicio del nuevo año trae consigo una promesa renovada: la posibilidad de empezar desde cero. Este optimismo, si bien energizante, también puede generar ansiedad. La presión por definir propósitos claros, por reinventarse o por lograr cambios drásticos puede crear la falsa idea de que la transformación debe ser inmediata y total. Aquí aparece una dicotomía común: o se entra al nuevo año completamente renovado, o se queda atrapado en los patrones del pasado. Pero esta es una falsa dicotomía, pues la vida no transita en saltos abruptos, sino en procesos continuos y graduales.

El verdadero dilema, entonces, no está en elegir entre lo viejo y lo nuevo, sino en aprender a sostener ambos. Fin de año es un recordatorio de que la existencia es un tránsito permanente entre cierre y apertura. Más que un corte definitivo, es un punto de observación privilegiado: Una bifurcación, permite mirar atrás con honestidad y hacia adelante con paciencia. Hay que reconocer que no todo puede resolverse antes del 31 de diciembre, así como aceptar que el 1 de enero no es una varita mágica, libera al individuo de expectativas irreales y da paso a un enfoque más humano del crecimiento en todos los aspectos.

Afrontar este dilema implica asumir que, si bien es cierto la vida se organiza a partir del calendario, debemos estar claros que tenemos ritmos internos y personales al poner los pies en la tierra. Algunas etapas terminan antes de tiempo; otras se arrastran más allá de cualquier fecha simbólica en el cronograma que nos hayamos planteado. Lo significativo es la intención de avanzar, de corregir, de agradecer, de cambiar nuestro ser interior en función de los objetivos propios. Podríamos adoptar una actitud positiva hacia la vida, y en lugar de obsesionarse con lo perfecto, conviene enfocarse en lo posible. La verdadera renovación no está en la fecha, sino en la disposición de hacerlo y los cambios que produce.

En última instancia el dilema de fin de año nos debería de llevar al aceptar que los finales y los comienzos coexisten, es decir, que nos debería de mover a entrar al nuevo año con una mirada más compasiva, flexible y genuinamente renovada de aceptación.

Por último, permítanme referirme a las sagradas escrituras La Biblia, en Eclesiastés 3:1 nos indica: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”.

Que gran consejo revelado y confirmado desde la eternidad, en el que se refleja el sabio consejo a la humanidad, donde la sabiduría divina nos indica que todas las cosas tienen su momento oportuno en la vida, y recuerda que todo en la vida tiene su momento adecuado, su propósito y su duración determinada. Además, nos invita a aceptar y abrazar los cambios y las transformaciones que experimentamos a lo largo de la vida, para mejorar ante Dios y con nuestro prójimo.

Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias