25/05/2024
02:26 AM

Del enemigo, el consejo

Roger Martínez

Que yo sepa, no tengo enemigos. Habrá gente a la que no caiga del todo bien, porque, como nadie lo es, no soy monedita de oro. Sin embargo, estoy diáfanamente consciente de que todos necesitamos en la vida alguien que nos eche una mano en nuestro proceso de mejora personal, señalándonos los defectos más notables para que trabajemos por superarlos. Y estas personas bien pueden ser amigos sinceros, de esos que, aunque nos hagan sufrir un poco, nos enfrentan con la verdad, u otras que, por el hecho de no ser “santos de su devoción” nos indican directamente o por medio de otros, aquellos retos que debemos reconocer y con los cuales podemos mejorar nuestro carácter o proceder con mayor prudencia o delicadeza.

Lo importante es no cerrarnos, no pretender que somos infalibles, inerrantes, modelos de virtud, producto supremamente bien acabado, porque, en cuanto al género humano, eso no existe. Todos, sin excepción, poseemos oportunidades de mejora, y, por nuestro bien y por el de los que nos rodean, debemos trabajar en ello.

El antiguo refrán que da título a esta columna justamente señala que una mujer, un hombre, verdaderamente inteligente, tiene la apertura indispensable para escuchar todas las voces y tomar lecciones de ellas. Si se trata de un “enemigo” seguramente no lo dirá en el tono más adecuado, ni de manera que más nos agrade, pero algo habrá de verdad en su comentario, observación o mensaje. Solo los obtusos, los que no admiten más opinión que la propia, pueden asumir que todos lo que no ven la realidad desde su perspectiva andan mal o están equivocados. La realidad es plural, multiforme, variada, variopinta. Para gustos, los colores. Y para que la vida humana continúe siendo factible sobre este planeta, es indispensable entenderlo. No comulgar con esta realidad solo lleva al conflicto, al enfrentamiento, al odio y a la guerra.

Una personalidad madura, forjada, bien esculpida, ha debido soportar los golpes del cincel, que son los de la vida. Un individuo al que solo se le dispensan elogios y alabanzas, además de no ubicarse en un medio en el que pueda ciertamente crecer y desarrollarse, acaba por convertirse en alguien blandengue, sin perfil definido, incapaz de soportar los vendavales de la existencia.

De ahí que, es necesario que sepamos aprender de todos. De los que nos profesan auténtico cariño, pero, también, de los que, aunque quieran hacernos daño, terminan por hacernos un bien porque nos ayudan a corregirnos.