Hace poco más de una década la Capital Industrial del país saltaba a los titulares internacionales como la ciudad más violenta del mundo, con una tasa de 159 homicidios por cada 100,000 habitantes, en aquel entonces moría tanta gente en San Pedro Sula como en un país en guerra.

En los últimos meses la ola de violencia se ha recrudecido, tan solo en las últimas 72 horas, en la Ciudad de los Zorzales hemos sido testigos de un secuestro, un asalto a un banco a mano armada, la extorsión está a la orden del día y los sicarios operan en carros robados (nada nuevo). Pareciera que estamos camino a revivir la época de terror y de secuestros que marcó a la costa norte a fines de la década de los 90 y principios de los 2000.

Es verdad que en Honduras nunca hemos tenido, ni vivido en un ambiente completamente en paz, pero es necesario que como sociedad, como cristianos y como Estado, prestemos atención a este nuevo repunte de violencia, pues no podemos conformarnos con una valoración trivial del problema, pensando si el presente es más o menos violento de lo que fue en el pasado.

La tentación del mediocre siempre será el habituarse a la zozobra, al peligro y la muerte, volviéndose cómplice pasivo y silente de aquel que con la violencia y un arma en la mano se siente dueño del destino y la vida del otro, algo que, solo le pertenece a Dios.

El Señor Jesús también vivió en tiempos convulsos y violentos, bajo la tiranía del imperio romano, y las distintas rebeliones judías que se suscitaban de cuando en cuando, así durante su paso en la tierra, el Hijo de Dios logró comprender que el verdadero campo de batalla, en el que se enfrentan la violencia y la paz, es el corazón humano: “Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos”: (Mc 7,21).

Es cierto que podríamos encontrar muchas causas para el repunte de la criminalidad: crisis económica, desempleo, falta de seguridad, corrupción, etc. Pero lo cierto es que la raíz de todo acto violento y criminal está en un corazón desordenado, y drenado del amor a Dios y a los hombres, preñado de egoísmo y resentimiento.

Como ciudadanos tenemos el derecho de exigir a las autoridades, no bajar la guardia en la lucha contra la violencia, y aplicar las máximas sanciones a aquellos que alteren el orden público y la sana convivencia, pero también como Cristianos no podemos olvidar la responsabilidad que tenemos, no solo de rezar a Dios por la paz y la conversión de los criminales, sino el deber de formar una generación diferente con valores nuevos, que recuerden que la violencia es contraria al Reino de Dios, y que aprendan a temer al Señor.

Porque una cosa es cierta, aquellos que no teman a Dios, ni a los hombres y se empeñen en servir al mal, aunque no crean, aun así, se condenarán. Arrepiéntanse y que Dios les conceda en este Adviento la conversión del corazón.