Cumplo nueve años como sacerdote, pero para mí, aunque haya pasado casi una década, es como si hubieran sido dos días, aún recuerdo la paz y la inmensa gratitud a Dios que sentí al entrar en la catedral de San Pedro Apóstol junto a mis padres, para ser ordenado sacerdote. Ciertamente no ha sido un camino fácil, la perseverancia no se construye en un día, pero ha sido un camino hermoso, lleno de un aprendizaje humano y cristiano en el que cada día he podido ser una mejor versión de mí mismo, para Dios en el intento de ser para los demás alter Christhus, ipsis christus. Para muchos que me conocen saben que mi infancia y adolescencia estuvo marcada por mi vida en la iglesia protestante. Y si alguien ajeno a la Iglesia católica pregunta quién es un sacerdote, es muy posible que sus feligreses respondan: es el que administra la parroquia y la persona que preside el culto cada domingo. Y de cierto modo así es, pues el “trabajo” que un sacerdote realiza a lo largo de una semana puede ser descrito de esa manera, administrar la iglesia y celebrar el culto. Pero lo curioso es que, si preguntáramos a un cristiano evangélico, quien es el pastor, seguramente nos diría que es el que administra su iglesia, y quien preside el culto dominical de su congregación.
Entonces ¿por qué me hice cura y no pastor?
Las palabras del papa Francisco me pueden ayudar a responder, cuando dice: “tenemos tantos funcionarios buenos que hacen su trabajo como lo deben hacer los funcionarios. Sin embargo, el sacerdote no es un funcionario, no puede serlo”. El sacerdote es aquel que debe aprender a mirar con ojos de hombre (mirada humana), porque sólo entonces llegará a él aquel sentimiento, aquella sabiduría, de entender que son sus hijos, sus hermanos.
Además de tener el valor de ir a luchar, allí: solo entonces el sacerdote es uno que lucha con Dios, por los hermanos que se han puesto en sus manos”. Me hice sacerdote porque este camino no es solo un “servicio pastoral” para guiar a las ovejas del Buen Pastor, sino que es un Sacramento en el que le presto al mismísimo Jesús, mis manos para sanar, mis pies para ir a donde se necesite a Dios, mi boca para anunciar el Reino y todo mi ser, para ser otro Cristo y el mismo Cristo para el mundo 24 horas, los siete días a la semana, los 365 días del año. No solo trabajo para el Señor, sino que el mismo Dios me configura con su Hijo para que siga presentando ante Él, el nuevo y definitivo sacrificio de la Eucaristía, alimento de vida, que hace presente a Jesucristo en medio del pueblo y cumple la promesa del Señor de estar con su Iglesia todos los días hasta el fin del mundo. Soy un simple cura, y eso solo quiero ser, sacerdote del Dios altísimo, para siempre.