Hablaba hace unos días con un grupo de matrimonios de la capital y, aunque el tema que trataba no estaba directamente relacionado con asuntos políticos, sino sobre principios generales de la Doctrina Social de la Iglesia, uno de los participantes me preguntó que cuáles deberían ser los criterios que habría que tomar en cuenta a la hora de decidir por quién votar el próximo noviembre.

Sin dudar le respondí que, antes que nada, hay que votar de acuerdo con lo que nuestra conciencia nos dicte, que es un tema que no puede tomarse a la ligera ni hacerse a partir de las emociones, sino de la inteligencia.

Que hay que actuar con responsabilidad, porque no es poco lo que está en juego; que había que hacer uso de la libertad personal y sin ningún tipo de condicionamientos ni intereses poco rectos. Luego, también para tener suficiente claridad yo mismo, he continuado reflexionando y llegado a las siguientes conclusiones.

El candidato a cualquiera de los cargos de elección popular por el que yo votaría debe reunir las siguientes condiciones: primero, reconocer que la familia es, indiscutiblemente, la sociedad natural más importante y que el Estado debe velar por su integridad, promoción y respeto. Ese reconocimiento incluye, por supuesto, la valoración de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, realidad de la que la familia es custodio principal. Habría, entonces, que examinar si el candidato ha procurado, y digo procurado porque la perfección no es humana, ser un buen marido, ser una buena esposa, ser buen padre o madre de familia. También hay que hacer, por supuesto, un escrutinio sobre su conducta ética. Y hablo de conductas claramente notables, no de discursos ni de declaraciones solemnes.

Los hombres y las mujeres virtuosas fácilmente manifiestan su calidad ética, se les nota si son honrados, sinceros, respetuosos, laboriosos, etc.

Lo mismo sucede con los carentes de virtudes y practicantes de todo tipo de vicios. Son gente con la palabra más larga que las obras, que poseen intenciones oscuras o escondidas, que buscan el poder para llevar a cabo planes siniestros, que desconocen el sentido de la sinceridad, de la honradez, de la palabra empeñada. El ejercicio democrático que estamos prontos a realizar no podemos hacerlo de manera inconsciente ni en automático, debemos reflexionar para evitar que caiga sobre nuestra conciencia un mayor deterioro, que luego vayamos a sentirnos culpables de la ruina de la patria.