Como ya de política se ha hablado y se sigue hablando bastante, quiero considerar otras cosas que, definitivamente, tienen, al final, mayor trascendencia para mí y muchas otras personas.

El pasado lunes veintinueve cumplí cincuenta y nueve años. Eso significa estar, formalmente, al borde de la tercera edad, un período de la vida por algunos temido, aunque contraiga una serie de ventajas como el descuento obligatorio en muchos comercios, la posibilidad de tomar la delantera en una fila o gozar de colas exclusivas en las que no hace falta esperar de pie porque, amablemente, se nos provee de sitio para sentarnos.

Pero, más que eso, porque, además, me falta un año para llegar a esos privilegios.

Los cincuenta y nueve ya son suficientes para disfrutar de una perspectiva de vida que nos permite valorar con objetividad y sin apasionamientos a las personas, las circunstancias y las cosas.

Cuando se es joven, los juicios suelen ir cargados de emotividad y, por lo mismo, pueden resultar sesgados y muy subjetivos. Cuando hemos vivido más de medio siglo, muchas de las cosas que antes nos hacían sobrerreaccionar no nos provocan más que un encogernos de hombros o una mirada entre comprensiva e indiferente.

El paso de los años, si se ha sabido vivirlos, indiscutiblemente, genera sabiduría. Se llega a reconocer, en una breve conversación, con quién vale la pena alternar o a quién evitar; no hacer un drama, y mucho menos una tragedia, de situaciones que no merecen la pena, y saber prescindir de cosas que no hacen más que ocupar espacio y que, en realidad, no vuelven nuestra existencia más rica ni más útil.

Me pasaba a mí, por ejemplo, que cuando me dirigía a algún público luego quería saber qué impresión había causado; si mi disertación le había gustado; si había sido capaz de provocar admiración y despertar elogios.

Hoy, sinceramente, lo que me interesa y valoro es que lo que haya dicho resulte de utilidad y que la gente saque provecho real de cuarenta minutos o una hora, o más, escuchándome. De todos modos, la gloria humana es escandalosamente pasajera y resulta tonto anclarse en ella o buscarla a toda costa.

Con los años se valoran las personas que, de verdad, pueden enseñarnos algo importante y trascendente. Se valoran los pequeños placeres: un rato de conversación con un amigo, una o más tazas de café con la esposa, las visitas de los hijos y los nietos, una buena lectura, la música y la letra de una canción inteligente, un amanecer luminoso o una puesta de sol espectacular, etc.

Los años, repito, dan perspectiva, enriquecen, contraen sabiduría, pero es necesario reconocer esto, o lo que vendrá será amargura para uno mismo y para los que nos rodean, ya que nadie es feliz ni desgraciado a solas.