Cuántos países del mundo desearían tener esos dos ríos, el Ulúa y el Chamelecón, con recorridos de centenares de kilómetros desde sus nacimientos. El primero nace en el departamento de Intibucá y el segundo en el departamento de Copán, pasando por una serie de ciudades, aldeas y caseríos, hasta que llegan al valle de Sula y desembocan en el océano Atlántico.

Ambos, majestuosos y caudalosos ríos, bendicen a Honduras. El Chamelecón con un recorrido de 200 kilómetros y el Ulúa con el doble de esa distancia, irrigando el desarrollo y dando vida a todos esos habitantes que disfrutan a estas dos maravillas naturales la mayor parte del año, especialmente en temporadas de verano.

Pero estas dos bendiciones de beneficios y alegrías se convierten en maldiciones cuando llegan las épocas del invierno, especialmente los meses de septiembre y octubre, que es cuando se han registrado las peores inundaciones, dejando desgracias de todo tipo, entre lo peor, las pérdidas de vidas humanas. Uno de los endémicos y anacrónicos problemas es que los distintos Gobiernos de turno, sin importar colores políticos, durante el tiempo veraniego se olvidan de que existen estos dos ríos y en el invierno las inundaciones les recuerdan que sí existen.

Y vienen los tradicionales avisos estatales de las alertas, amarillas, verdes y rojas, casi siempre cuando esos habitantes están con el agua hasta el cuello. Pues en este mes de septiembre del año 2022 se repite esa vieja historia. Habrá que recordarles a las autoridades, y en especial a la presidenta de la república, Xiomara Castro, que ¡urgen medidas preventivas para no seguir lamentando! Porque en esas caudalosas corrientes de agua en verano corren fortunas si se aprovecharan esas bendiciones naturales, pero en épocas de emergencias corren desgracias en un país llamado Honduras.