14/06/2024
06:30 PM

Anturio 215

Roger Martínez

Por fresco, por irresponsable, tal vez no se me había ocurrido antes proceder a la compra del “terrenito” en el que, tarde o temprano, deberé hacer la mudanza definitiva. Una “Feria de Bienestar Integral” de la institución en la que trabajo, Unitec, llevó al campus ofertas de diverso tipo, y, entre ellas, la de servicios funerarios. No sin cierta aprehensión, me acerqué a una, y, luego de una breve conversación con una vendedora de esas con enorme colmillo mercadológico me convencí de la conveniencia de tomar el “plan”.

El discurso de la “ejecutiva de ventas” incluyó: de dónde a dónde me llevarían una vez hubiera expirado, quién debería proveer el traje que me pondrían y hasta si aceptaba que me pusieron un poco de loción, una vez ya en el ataúd. Surrealismo puro, pero inevitable. Unas 24 horas después me hizo llegar, vía WhatsApp, un plano del cementerio y la ubicación exacta de la última residencia: Anturio 215. Con la advertencia, además, que quedaba cerca de una de las calles internas, con lo que se facilitaría el acceso de visitas, tanto en el trance inmediato como para más adelante. Quizá Día del Padre, o 2 de noviembre, pensé yo.

Pero, fuera de bromas, y sin cargar las tintas, sin dramatismo, toda esta situación me ha servido para reflexionar una vez más, sobre, como diría Kundera: “la insoportable levedad del ser”. Vivimos y nos preocupamos como si fuéramos a ser eternos; llegamos a pensarnos indispensables; nos dedicamos a acumular cosas; descuidamos lo verdaderamente importante, y terminamos por olvidar que estamos de paso, que la cuarta generación a lo mejor ya ni se acuerde de nuestro nombre. Basta con echar una mirada a ciertas tumbas en los camposantos, para comprobar que pocos son lo que perviven en la memoria de sus propios deudos y que, muchas veces, la única compañía que ronda por esos lugares es la hierba, y esta no siempre bien cuidada.

Por eso aquello de que hay saber “exprimirle” el sentido a la vida, es contundente. Aparte de que, como ya decía un santo, el que no sabe ser feliz en esta tierra no lo será en el más allá. Porque lo que nos hará ganar puntos para ese más allá, es justamente la puesta en ejercicio de todas aquellas virtudes humanas que nos permiten convivir armónicamente con los demás y que terminan por darnos serenidad, paz, alegría, una existencia útil y satisfactoria, para nosotros y para los demás. Por el contrario, vicios como el egoísmo, la soberbia, la prepotencia, acaban por llevarnos a la soledad, al aislamiento, a la amargura. Y vivir y terminar así, no merece la pena.