16/04/2026
12:01 AM

Año nuevo, luchas viejas

Creo que a todos nos encantaría que una vez que hayamos desprendido la última hoja del calendario y estrenado el año nuevo, todo lo malo y lo feo que nos acompañó a lo largo de dos mil trece desapareciera como por arte de magia. Pero, no sé si afortunada o desafortunadamente, luego de ver cómo el reloj marca las doce y nos fundimos en abrazos o nos comemos las doce uvas o escuchamos otra vez “yo no olvido el año viejo” o “ya se va diciembre”, seguimos siendo los mismos: padecemos los mismos defectos, cargamos con las mismas miserias y, si no hacemos algo al respecto, cometemos los mismos errores.

El sabroso ritmo tropical repite “año nuevo, vida nueva”. Y ya quisiéramos que fuera así. La realidad lo que nos enseña es que ante el año nuevo lo que queda es mantener la lucha contra los defectos, hacer algo por cambiar, poner los medios para hacer de nuestra vida y de la de los que nos rodean una que valga la pena vivir, una que por lo menos nos brinde el consuelo de que estamos poniendo todo de nuestra parte para superar los infaltables vicios, desterrar los malos hábitos, aspirar de veras a la felicidad propia y ajena.

Lo peor que podría pasar es que llegáramos al treinta y uno de diciembre del año que comienza, comparáramos nuestra situación con la de ahora y concluyéramos en que en nada hemos mejorado, en que en lo único que hemos cambiado es que tenemos un año más encima y diez libras más que no logramos rebajar en los último doce meses, aunque este haya sido el primero de la lista de propósitos de año nuevo que nos habíamos planteado.

Por eso es que a año nuevo, luchas viejas. Mientras tengamos vida debemos seguir luchando en contra de todo aquello que nos impide acceder a la felicidad: la mediocridad en el trabajo, el mal humor que enturbia la vida de familia, la falta de compromiso con los que esperan algo bueno de nosotros, la batalla frontal en contra de los defectos que todos tenemos y que tanto mortifican a los demás en el hogar, en la oficina, en el taller, en la fábrica, en el barrio, en las calles.

Esperar que un salto en el calendario nos mejore automáticamente es una tontería mayúscula. Suponer que entre el treinta y uno de diciembre y el primero de enero hay un sortilegio que nos cambiará la existencia, una gran candidez. Lo real es que para tener una vida nueva hay que trabajar, hay que sudar, hay que luchar. No queda de otra.