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Análisis: Estados Unidos en la época de Donald Trump

  • Actualizado: 14 noviembre 2016 /

Washington, Estados Unidos

Una presidencia de Trump va a sumergir a Estados Unidos en una era de incógnitas que tiene poco paralelo en los 240 años de historia del país.

Si bien Donald Trump ha sido vago en cuanto a su posición en muchos temas, ha sido explícito sobre varios que fundamentalmente cambiarían la dirección de Estados Unidos.

Si hace realidad sus promesas de campaña -y no está claro cuántas de ellas serían, en realidad-, se derogaría la Ley de atención asequible con la ayuda de una Cámara de Representantes y un Senado dominados por los republicanos, cuya dirigencia, prácticamente, ya había perdido las esperanzas de recapturar la Casa Blanca. Trump dijo que remplazaría la Ley con algo mejor, pero nunca ofreció ningún plan.

La Corte Suprema daría un giro hacia la derecha, quizá uno que al final sería a la extrema derecha de donde estaba antes de que la muerte del magistrado Antonin Scalia creara la vacante que ahora llenará Trump, además de que existen las posibilidades de varias más durante su gestión. Se construiría el muro que prometió a lo largo de la frontera mexicana, y es posible que bajo él se entierre la posibilidad de una reforma a la inmigración.

Retornaría la tortura de los sospechosos de terrorismo, algo que el presidente Barack Obama prohibió explícitamente; las técnicas de interrogación que nunca se volverían a aplicar, según dijo hace poco el actual director de la CIA.

Aunque Trump no podrá sacar a Estados Unidos del acuerdo climático de París, legalmente puede ignorar sus disposiciones si persiste en su cuestionamiento del cambio climático provocado por el hombre. Podría proceder con lo que alguna vez llamó una prohibición a que entren al país musulmanes, pero que luego cambió -después de que lo acusaron de racista- a una prohibición de visitantes de una lista de países problemáticos, casi todos con mayorías musulmanas.

Retiraría a las tropas que Estados Unidos tiene estacionadas por todo el mundo para mantener la paz, a menos que le paguen por la protección. Le diría a la OTAN que Estados Unidos cumpliría con sus compromisos de seguridad posteriores a la Segunda Guerra Mundial solo si los otros países pagan su parte justa. Desestimó repetidamente la idea de que esos desplazamientos le convienen a Estados Unidos porque evitan el aventurerismo chino o ruso, y mantienen abiertas las rutas comerciales para las mercancías estadounidenses.

En tanto presidente electo, pronto se le tendrá que informar a Trump sobre cómo utilizar los códigos nucleares de Estados Unidos; mismos que Hillary Clinton y Obama dijeron que nunca se podría confiar en que los tuviera. Y en el primer año de su presidencia, debería quedar claro si Trump tiene la intención de cumplir lo que dijo en cuanto a que se sentiría cómodo con la idea de que Japón y Corea del Sur, ambos signatarios del Tratado de la no proliferación nuclear, pudieran abandonar su compromiso de larga data de no construir sus propias armas para hacerlo.

Si Estados Unidos “sigue su camino, su camino actual de debilidad, de todas formas van a querer tener eso, aunque yo hable sobre ello o no lo haga”, dijo Trump.

Quizá el asunto menos predecible es cómo Trump va a tratar con Rusia y su presidente Vladimir Putin, a quien ha elogiado en repetidas ocasiones, en términos que impactaron hasta a su propio partido. ¿Levantaría las sanciones impuestas a Rusia por haberse anexado a Crimea -lo cual pareció que Trump sugirió que estuvo justificado- y por acosar a Ucrania? ¿Daría marcha atrás a la decisión del gobierno de Obama de reforzar la presencia militar estadounidense en las fronteras rusas?

Cada vez ha habido mayor consenso bipartidista en la política exterior y en las dirigencias de la inteligencia en cuanto a que se debe contener y detener a Rusia, se detuvo el acoso a los nuevos miembros de la OTAN, se desalentaron sus ciberataques. Sin embargo, Trump nunca argumentó a favor de contener a Rusia -otrora un elemento básico de la política exterior de su partido- y arguyó repetidamente que él, y solo él, podía negociar con autoritarios como Putin.

“Mi gobierno”, dijo hace poco, “trabajará con cualquier país que esté dispuesto a asociarse con nosotros para derrotar al EIIL y a detener al terrorismo islámico radical. Y eso incluye a Rusia”. El miércoles, Putin pareció regresarle el sentimiento, percibiendo su oportunidad y diciendo que esperaba restablecer relaciones “maduras” con Estados Unidos.

Trump desestimó las violaciones rusas a los derechos humanos, que encarcelara a periodistas y oponentes políticos, sus elecciones amañadas. Mediría al país, dijo, exclusivamente por su disposición a participar con dinero en proyectos estadounidenses.

“Si se nos quieren unir dejando fuera de combate al EIIL, en lo que a mí respecta, eso está muy bien”, dijo. “Es un mundo muy imperfecto, y no siempre se puede escoger a las amistades. Pero nunca puedes dejar de reconocer a tus enemigos”.

Trump ha sido congruente en algunas áreas. Desde finales de los 1980, ha nutrido un conjunto de obsesiones, principalmente que los aliados de Estados Unidos -Japón y Arabia Saudita entre ellos- lo están estafando. Sostuvo esa posición aun cuando Japón se desvaneció de la escena como una importante potencia mundial y mientras Arabia Saudita emergía como uno de los aliados más críticos de Estados Unidos en una región del mundo donde Trump ve pocas razones para que siga el país.

En una entrevista en marzo, no tuvo ningún reparo en amenazar a la supervivencia del reino. “Si Arabia Saudita no tuviera la cobertura de la protección estadounidense”, dijo Trump durante una conversación de 100 minutos, “yo no creo que estaría presente”.

El misterio es qué tanto de este tipo de habladurías surge de creencias en las que está profundamente convencido y qué tanto es una oferta de apertura del autor de “The Art of the Deal”.

“Se ve a sí mismo como un comerciante, un negociador que sabe que no llegas a ninguna parte a menos que amenaces”, notó Graham Allison, un profesor de Harvard desde hace mucho tiempo, quien ha comenzado un proyecto nuevo de “historia aplicada”, en el que toma lecciones de situaciones pasadas para informarle a Estados Unidos de sus opciones estratégicas actuales.

En efecto, el mundo está a punto de descubrir si las promesas más extravagantes que hizo Trump en su campaña sobre replantearse el orden internacional -ideas que a menudo parecieron improvisadas, en el mejor de los casos-, están a punto de convertirse en realidad.

Los mercados financieros en otros países entraron en pánico el martes por la noche, temerosos de que una presidencia de Trump enviaría instantáneamente al país a un territorio económico incierto que los inversionistas habían descontado como totalmente improbable solo 24 horas antes. Sin embargo, hubo un declive mucho más ligero cuando abrió Wall Street, lo que indica que los inversionista aquí vieron otras posibilidades. Trump, quien nunca estuvo en desacuerdo con la noción de que es un proteccionista, se comprometió, una y otra vez, a castigar a las compañías que se lleven los empleos a otros países, una tarea que empezaría con la abrogación del TLCAN, al que el ex presidente Bill Clinton vio alguna vez como el primer paso para unificar al hemisferio Occidental. Para Trump, es un desastre.

La visión de Trump, de hecho, es un Estados Unidos que no esté atado por tratados comerciales de hace medio siglo, libre para seguir un enfoque nacionalista, en el que el éxito se mida no por la calidad de sus alianzas, sino por los rendimientos económicos de sus transacciones. “Ya no nos estafarán más”, dijo en una entrevista en marzo. “Vamos a ser amigables con todos, pero nadie se va a aprovechar de nosotros”.

Se enojó ante la sugerencia de que sus puntos de vista sobre la construcción de su muro y la cancelación de los tratados comerciales harían que Estados Unidos retornara a una era de aislacionismo, por lo que arguyó que solo estaría liberando al país de las ataduras de las normas internacionales que no le convienen a la nación.

“No soy aislacionista, pero primero soy Estados Unidos”, dijo cuando se le preguntó si sus propias posiciones políticas reflejaban el movimiento que tiene ese mismo nombre, cuyo campeón fue Charles Lindbergh en los 1930.

“Me gusta la expresión”, dijo sobre “primero Estados Unidos”. A partir de ese momento, empezó a usarla en sus mítines y se convirtió en material para las pegatinas y los gritos.

También, desvergonzadamente, los negocios son primero para él y eso se extiende a sus propuestas tributarias, que también dejan una profunda incertidumbre en los mercados.

Empezando el día en el que descendió por la larga escalinata de la Torre Trump en junio del 2015 para empezar la búsqueda que casi nadie pensó que tendría éxito, Trump expuso una agenda de recortes fiscales -modesto para las familias y pronunciados para los negocios- que, arguyó, serían el estímulo que necesita una economía lenta.

Sin embargo, también emparejó esos recortes con un importante plan pare reconstruir los ruinosos aeropuertos y los puentes que se están derrumbando, con créditos fiscales federales por 137,000 millones de dólares como un incentivo para que la industria privada gaste un billón de dólares más. Si bien no se puede decir que la privatización sea una idea nueva, Trump ha descrito un enfoque que pocos han intentado antes _ y está lejos de estar claro cómo funcionaría. Presumiblemente, al final, los usuarios de esa infraestructura pagarían por ella, con peajes e impuestos por el uso, mediante un mecanismo que pocos entienden.

Nadie sabe qué tanto de esta agenda, en gran medida elaborada improvisadamente en lugar de ser el producto de estudios y debates profundos, va en serio. Su oficina de políticas públicas en Washington, creada para exponer los documentos sobre las posiciones políticas, comunes en la mayoría de las campañas, se disolvió gradualmente. Es famoso que él es inestable, capaz de cambiar de opinión en un instante, si ve nuevas vías para obtener ganancias, negando todo el tiempo que alguna vez haya sugerido otro camino.

En Trump, Allison ve una revolución en el enfoque que recuerda la elección de Andrew Jackson en 1828, otro populista que llegó al poder rebelándose contra lo que llegó a ser la primera elite de Estados Unidos.

“Hay Dios”, dijo Allison el martes por la noche, conforme los resultados giraban hacia Trump. “Nos encontramos en una nueva tierra extraña”.

© New York Times News Service