Comenzamos esta serie de diez personajes bíblicos, y lo hacemos refiriéndonos a aquel a quien la carta a los hebreos llama el primer “hombre de fe” (Cfr.Heb 11,4), se trata de Abel uno de los dos primeros hijos de Adán y Eva. Su nombre proviene del término hebreo “Hebel”que aparece en otras partes de la Sagrada Escritura como el libro de los salmos 39,6; 144,4, o el libro de Job 7,16.

Y que puede llegar a traducirse como respiro, vapor, soplo o también como efímero, vano, o leve, esto tal vez en referencia a la brevedad de la vida de este personaje en el relato bíblico.

En el pasaje de Gn 4, Abel es un aliento, su vida es un soplo. Parece destacarse aquí la contingencia del existir humano, de esta manera a través de su nombre el primer justo de la Biblia, nos ofrece una valiosa lección, que no es otra que la imperiosa necesidad que tenemos los hombres y mujeres de hoy de no olvidar que somos seres contingentes, es decir frágiles, vulnerables y efímeros.

Para que la arrogancia, la vanidad y el orgullo torpe, que a veces ciega nuestra vida, pueda superarse y retornemos al lugar que nos corresponde en la historia, ser criaturas de Dios vinculadas indisolublemente en obediencia a su creador. Solo así se podrán evitar tanto las estériles guerras de poder, como las necias consecuencias del egoísmo. Esta dependencia se refleja en su oficio de Pastor, que contrasta con la de su hermano Caín, quien es agricultor.

De esta manera mientras Abel ofrece con humildad una criatura (oveja), que él únicamente ha cuidado, pero que no creado, su hermano se acerca con arrogancia al altar de Dios con aquello que ha sembrado y cosechado, creyéndose hacedor de su ofrenda. Nada más lejos de la realidad, por eso Dios rechaza el regalo de Caín, y prefiere la de Abel, recordándonos que todo lo que poseemos y tenemos viene de Dios. Por último vemos como esta sujeción a Dios se traduce en encuentro con el hermano, pues la principal función de Abel en el relato de Génesis es esta, ser el buen hermano de Caín, quien finalmente lo asesina injustamente, por envidia, que es lo opuesto a la generosidad del amor.

Y es que a Caín que se consideraba dueño de lo que producía, tirano de lo que no había creado, le fue fácil arrebatar aquello que tampoco le pertenecía, la vida de su hermano. Desde muy pronto, los autores cristianos, intuyeron en esta escena fratricida una imagen velada del sacrificio del Señor Jesús. Así, la sangre del justo Abel se relaciona con la de Cristo, derramada en el Calvario, mostrándose como una imagen anticipada del Misterio Pascual, que pronto celebráremos en Semana Santa.