Sin entrar a gran detalle, y sin defender los desaciertos de la implementación del concepto del estado desarrollista anterior, vemos que el modelo neoliberal implementado desde entonces (que en su versión local era un seudocapitalismo clientelista) no dio los resultados esperados.
De alguna manera el traspaso de riquezas públicas (a través de privatizaciones concentradas, o exoneraciones fiscales) a pocas manos privadas deformó el desarrollo del libre mercado democrático que hubiera sido un motor de crecimiento. De la mano, le quitó los recursos al estado para sostener los niveles de inversión pública que hubiera requerido para sostener el ritmo de avance anterior.
Nuestros vecinos tuvieron experiencias diferentes. A través de su paulatina democratización y apertura, Guatemala y El Salvador fueron construyendo un estado más robusto. En ambos casos supliendo un legado de desigualdad y marginación muy superior al nuestro. Costa Rica continuó con su modelo de desarrollo capitalista, nacionalista y democrático (el más exitoso de la región y más parecido a nuestro anterior modelo).
Nicaragua, a pesar de sus problemas políticos, ha sostenido un más alto nivel de inversión social con un crecimiento económico continuo.
Esto no es para lamentarse ni polemizar, sino para tratar de aprender las lecciones. Para tener un desarrollo sostenible necesitamos recuperar elementos que nos lo dieron en el pasado - en su forma anterior o nueva -. El modelo de desarrollo que teníamos hasta 1990 incluía considerables fuerzas sociales que servían de motor: sindicatos, cooperativas, un estado profesional robusto, gremios, campesinos organizados, y empresas (nacionales y transnacionales) operando en regímenes fiscales convencionales.
Si le sumamos la posibilidad de un amplio desarrollo de una economía de mercado democrática (sin privilegios ni clientelismo), y una exigencia de calidad en la gestión pública, tenemos los elementos para recuperar y remontar nuestro atraso de las ultimas décadas.