A inicios del siglo pasado, el clima de San Pedro Sula no era tan caluroso como hoy. Cuando en la madrugada la gente salía cubierta con gorros multicolores al punto de encuentro de las caballerías que habían llegado en la noche anterior, una bruma agradable y olorosa tendía un manto blanco sobre la ciudad.
El sitio en realidad fue el primer 'mercado de abastos' representado por un encierro de bestias de carga que habían llegado de occidente con decenas de artículos como petates, sombreros de palma y junco, jarcia, bridas, monturas, manteca de cerdo, calzado, cususa, granos básicos, atarrayas, cueros de vaca, ollas de barro, porrones, tierra blanca, cal, tabaco, café en grano, cecina, hamacas, chicharrones y un sinnúmero de productos.
Los cargamentos de verduras, envueltos en hojas de guineo, se colocaban alrededor del corral en matates sobre el suelo húmedo. Allí los vecinos compraban a precios 'favorables' mientras otros comerciantes citadinos vendían 'lo último de la moda': perfumes con olor a lavanda, camisas Hamilton, pantalones Hércules y Dos Toros, almidón para la ropa, brillantina Yarley para el cabello, alcanfor, sal de uvas Picott, Ipathol para la tos, aceite de ricino y linaza, creolina, botas de hule Siete Gatos, mercurocromo, sal inglesa, salicilato de metilo, confites de Serafín Romero, extracto de yerbabuena, jabones Camay y Lempira, talco y cremas Sport, telas de casimir inglés del almacén París Volcán, tinas y rivales, candelas, gas de cocina, pilas, focos de mano, machete y limas Collins y el infaltable almanaque Bristol que traía datos precisos sobre los mejores días de pesca, celebraciones religiosas, ferias patronales y las fases de la luna para la siembra.
A inicios del siglo pasado, en este lugar, al frente de donde estuvo hasta hace poco la agencia Yude Canahuati, 3 y 4 avenidas, 6 y 7 calles del suroeste, funcionó el primer mercado informal de San Pedro Sula, casi en las afueras de la ciudad sobre la Calle Real, hoy tercera avenida.
En Cofradía, en el camino hacia Santa Bárbara, Copán, Ocotepeque y Lempira, que era un punto de cambio de caballería, también funcionaba un mercado al aire libre con gran movimiento comercial.
Proliferó tanto la compraventa en San Pedro Sula que como un 'mal necesario' aparecieron los 'coyotes', quienes compraban al mayoreo a los arrieros y productores. Éstos, en tanto, por no haber en ese tiempo suficientes hospedajes y comedores, tenían que agotar la venta rápidamente, sobre todo en invierno, pues algunos ríos y quebradas que aumentaban su caudal les cortaba el paso al pueblo.
La feria popular daba paso también a otras diversiones para los viajeros que traían también a su familia, para darse un 'raite' a Río de Piedras o en los alrededores del poblado, por la módica suma de 20 centavos de lempira, en los primeros carros Studebaker y Willys que habían llegado.
Merced al desorden, la expansión del comercio, inmigración de compatriotas de la zona rural y apropiación masiva de vendedores e intermediarios en la zona del muladar, las autoridades municipales decidieron construir el primer mercado central en 1932, justo al frente del aprisco de bestias. Un par de años después fundaron el mercado San José, en la tercera avenida y 12 calle del suroeste.
Sin embargo, ambos edificios para exhibición, venta y acopio de productos eran pequeños, tal vez para 30 ó 40 buhoneros cada uno, y cuando éstos se llenaron, surgieron los primeros puestos de achinería, chicleras y bisutería en las calles adyacentes, conocidos como vendedores 'eventuales'.
'La apertura de nuevas tiendas a partir de esa década permitió que los vendedores expandieran sus circuitos de operación, ayudados por una cadena de corrupción integrada por líderes políticos, regidores, jefes de la policía municipal, inspectores, colectores de impuestos, dirigentes sindicales, militares, administradores de mercados y hasta periodistas', recuerda el cronista y periodista Ponciano Paz.
Según su versión, uno de los administradores del mercado central en 1965-66 fue Gabriel García Ardón, actual director del noticiero Telediario, quien llegó procedente de San Juancito, Francisco Morazán, y era locutor y reportero del diario Correo del Norte.
Añadió que los sucesivos alcaldes, aunque quizá no autorizaban la colocación de vendedores, permitieron que esa avalancha de personas copara las arterias del centro de San Pedro Sula. Es más, introdujeron el cobro de dos y cuatro lempiras por cada metro cuadrado de espacio ocupado, lo cual indirectamente les legalizó su permanencia.
Como no había carreteras, a orillas de la línea del Ferrocarril Nacional, donde era continuo el movimiento de pasajeros procedentes de Puerto Cortés, pronto aparecieron las ventas callejeras de comida a lo largo de los primeros prostíbulos que existieron donde ahora están los barrios Concepción y Medina. A estos centros de placer, sexo y juego les llamaban 'Los Amarillos' debido a que casi todos presentaban ese color en sus fachadas.
Con el fin de alejar a los vendedores de las vías públicas, en la década de los años 60, durante las administraciones de Felipe Zelaya y Juan Fernando López, se edificaron los mercados Barandillas, Guamilito y Medina-Concepción. Al inicio estaban semivacíos, pero poco a poco se fueron colmando hasta ocupar también las aceras perimetrales.<
Un análisis socioeconómico
'Los pueblos, villas y ciudades enfrentan el fenómeno socioeconómico del intercambio comercial en un sitio donde convergen compradores y vendedores. Así nace el concepto de mercado.
Al no existir una legislación que regule y proyecte la visión de mercado geográfico o una organización ordenada de éste, de acuerdo con el crecimiento poblacional y la demanda de artículos y servicios, aparece el menudeo, el cual originalmente funciona como la atracción de un producto mediato a un comprador compulsivo, quien al pasar por un puesto de venta se acuerda de repente de que necesita un candado, un peine, un par de pilas, una lata de betún, etc. Y allí mismo se pacta el precio.
Otro fenómeno que presenta el mercado es la figura del desempleo como alternativa para paliar la necesidad de fuentes de producción, equidad social y consumo. Así surge un laboratorio experimental entre comerciantes informales que por carecer de una educación integral se vuelven propicios a compartir una subcultura urbana con base en la oferta y demanda, en perjuicio de otros ciudadanos.
En el caso de San Pedro Sula, las autoridades y la empresa privada han dejado que este fenómeno de 'desarrollo comercial' mal entendido sea adverso al real proceso de circulación de mercancías, con acceso ilimitado de proveedores.
La ciudad experimenta este conflicto desde los años 30. La ausencia de mercados formales obligaba a la gente a sacar sus productos en exhibición, un poco más cerca del ojo del comprador, para despertarle el 'gusanito' del consumismo.
Eso pasó con los arrieros que llegaban del interior, principalmente de occidente, cargados con productos imperecederos para la compraventa de los bienes necesarios para la vida y, por qué no, al disfrute del modernismo de la época, como las modas, la luz mortecina de las lámparas a gas del parque central y las comidas extranjeras.
El verdadero origen de la tradición de la economía informal nace con esta demanda. Se vendían o intercambiaban ollas de barro, café tostado y molido, zarzaparrilla, tabaco, etc, por bolsas de plástico, refrigeradoras a gas, estufas de hierro colado, ollas del mismo material para freír chicharrones, perfumes y decenas de artículos más.
La diferencia de la economía informal de los años 30 a los 60 es que carecía de sustento organizativo y jurídico, a pesar de que el aspecto moral estaba aún condicionado por relaciones de respeto al derecho ajeno y civismo entre los vecinos y autoridades.
Hoy eso se acabó y las relaciones se tornaron asimétricas porque entran en el contexto sociopolítico, influencia del bipartidismo y una idea equivocada de los vendedores informales de que son víctimas del sistema, de la injusticia social y el desprecio, y, como tal, deben ser beneficiados con prebendas y facilidades de distinta índole, a cambio de abandonar las aceras y calles, permitirles el robo de energía eléctrica, lanzar de las basura en cualquier sitio y entorpecer el diario vivir de los demás ciudadanos.
Todo esto por una autoimagen falsa que les han creado los políticos cazavotos y por considerarse a sí mismos 'invulnerables y necesarios'.