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'Trabajar con muertos me enseñó a valorar la vida”

  • Actualizado: 10 julio 2010 /

Empieza la mañana de un jueves nublado y el ruido de una motocicleta se aleja de Sulaco, Yoro, en dirección a la capital industrial del país.

Empieza la mañana de un jueves nublado y el ruido de una motocicleta se aleja de Sulaco, Yoro, en dirección a la capital industrial del país. Unas horas más tarde, Santos Eusebio Flores inicia su cita semanal con el frío y sangriento mundo que conlleva su trabajo como levantador de cadáveres.

Santos, de 30 años de edad, vive con Blanca Rosa Guerra, con quien tiene tres hijos, Junior, Nicole e Ingrid. Después de haber trabajado como repartidor de pizzas a domicilio, Flores emprendió una tarea que muchos desearían no hacer, la de recoger cuerpos humanos sin vida en los diferentes escenarios del crimen y muerte de San Pedro Sula y alrededores. Trabaja como auxiliar forense en la morgue del Ministerio Público hace menos de un año, lo que lo convierte en el más nuevo del equipo.

También es un amante de la tierra, la que cultiva ayudado por una yunta de bueyes para cosechar maíz y frijoles y al igual que otros de sus compañeros de la morgue, Santos tiene una historia que contar, la de encontrarse con la muerte varias veces en sólo 24 horas, durante los levantamientos de cadáveres. Es el más nuevo del equipo, pero a casi un año de ser “morguero”, este joven conoce todos y cada uno de los detalles que conlleva dicha labor que no es nada fácil. “Entré aquí a través de un amigo, que me habló de una oportunidad de empleo donde él trabajaba y me recomendó”, explicó mientras acomoda el casco de su motocicleta que lo transporta desde Sulaco hasta la morgue forense.

Son las 6.45 de la mañana en su día de turno y comenta que su amigo no le explicó cómo era su nuevo trabajo. “Yo no sabía que era de recoger muertos”, dijo.

Inicia la jornada

“Fui con mi amigo para ver cómo se hacía el trabajo. Al tercer día tuve mi primer turno de 24 horas solo”, explicó. Durante las siguientes tres semanas, el joven labrador ya formaba parte del equipo auxiliar de la oficina sampedrana de Medicina Forense.

Llegan las 9.17 de la mañana de un jueves y la esperada llamada llegó, el médico forense habla y ordena “alístense muchachos, que el primero nos espera”. Ágilmente Santos que lleva una gabacha caqui, unos zapatos de montaña y un jeans azul, prepara sus herramientas. Dos pares de guantes, una mascarilla, un gorro y una bolsa plástica para recoger el cadáver forman la indumentaria y las herramientas que para el médico de turno son inadecuadas e insuficientes, pero es la que hay y es la que se usa. Un muerto en el barrio Cabañas de la ciudad abrió la jornada, posteriormente, entre 11 de la mañana y 4 de la tarde del mismo día, dos cadáveres más esperaban para ser recogidos en el hospital Mario Rivas. Bien lo dice el refrán: “No es lo mismo verla venir que platicar con ella”. Santos Eusebio Flores tiene no sólo uno, sino que hasta quince encuentros diarios con la muerte. “Para mi familia éste es un trabajo aterrorizador”, dijo Flores; pero, según comenta, para él es su suerte, ya que los 7,500 lempiras que gana al mes le sirven para mantener a su esposa y tres hijos.

Equipo de trabajo

“La tarea del levantador consiste en recoger el cadáver del sitio adonde se encuentra”, explicó Flores. El cuerpo es transportado a la morgue forense donde le practican la autopsia que determinará, entre otras cosas, la causa del fallecimiento, según contó. El trabajo es en equipo, conformado por los agentes de investigación criminal, la fiscal de turno y el cuerpo forense. “Después de que los agentes hacen las inspecciones lo primero que hago es revisar si el muerto andaba documentos personales para que el médico lo identifique”, comentó. “Después se recogen las pertenencias del muerto, se hace el conteo de las lesiones que presenta el cuerpo, como heridas, golpes y demás”, refirió el morguero.

Llega la tarde llena de lluvia, entra la noche y Santos sigue en su turno. “Los días jueves por estar cerca del fin de semana suele haber hasta diez muertos”, dijo el auxiliar forense en los momentos cuando se prepara para deleitarse con unas baleadas en un sitio llamado Catrachabana, en la Tercera Avenida.

La noche llega y el luto hace acto de presencia unos 30 minutos hacia el norte de la ciudad. “Un nuevo levantamiento”, informa Flores mientras se levanta de la mesa y toma un último trago de un refresco. El deber llama y “la Morguera”, un pequeño carro tipo furgoneta que transporta cadáveres, está lista para hacerle llegar al lugar llamado Bijao en Choloma.

El suceso está a la vista y ahí, una vez más ante la mirada de curiosos y dolidos el auxiliar efectúa el quinto levantamiento de su turno. Minutos más tarde, la morgue del hospital Mario Rivas pide el retiro de un cadáver en una sangrienta camilla.

Ya no siente nada

Una mezcla de olor a sangre y podredumbre invade la atmósfera adonde se acumulan los cadáveres antes de la inspección. Ahí está Eusebio Flores, sacando los muertos de “la Morguera” para llevarlos al cuarto frío, adonde reposan más de 40 cadáveres.

“Cuando mi compañero me llevó por primera vez a que viera el cuarto frío sentí una revolución en el estómago, quise vomitar”, recordó. Pero finalmente el hombre se armó de valor, entonces “decidí entrarle a la tarea de ordenar los cuerpos y ahora ya no siento nada”. Su mente está llena de recuerdos, imágenes, pensamientos y situaciones que van más allá de su realidad.

“A veces me duermo y veo en mi mente cosas de mi trabajo y me asusto mucho y despierto de inmediato”, confesó. Al parecer las situaciones dramáticas están a la orden del día en su faena y lo más desgarrador que ha vivido fue en el presidio sampedrano cuando recogió cuatro cadáveres de un solo golpe. “Ver todos esos cuerpos macheteados, llenos de sangre y hechos pedacitos es lo más feo que he vivido”, dijo. “Trabajar con muertos me enseñó a valorar la vida”, señaló. La noche avanza, no hay más cadáveres y el crepúsculo del viernes se acerca, 5.18 de la mañana y una llamada telefónica irrumpe el silencio de un pequeño cuarto de la oficina forense. La acción vuelve a arrancar y el morguero se alista para levantar el primer cadáver del nuevo día, pero el último de su jornada. Esta vez en el hospital del Seguro Social.

“Quizá si hubiera estudiado tendría un trabajo mejor y mi vida sería más tranquila”, dijo con una notable tristeza que se figuró en su rostro. Y es que “el Chivo”, como cariñosamente le llaman sus compañeros de trabajo, no hizo más que la escuela elemental.

Muy apesarado confiesa que si hubiera estudiado le habría gustado ser un abogado; pero aún así “estoy feliz porque tengo un trabajo y una familia que me motiva a seguir trabajando”.

Un apretón de manos selló el relevo del morguero, ese joven que dejó de entregar pizzas a domicilio para dedicarse a la recogida de cadáveres humanos que yacen en cualquier parte de la ciudad. Santos Eusebio trabaja una vez a la semana.