De las profundidades de sus montañas surgieron el oro, la plata y el zinc. Y tanta fue su riqueza, que Felipe II, Rey de España, quedó admirado. Y si hubiese el monarca tenido la oportunidad de conocerla, indudablemente se hubiera enamorado del pequeño pueblo minero.
Santa Lucía nació como una pequeña población indígena entre las montañas, a escasos 14 kilómetros de lo que ahora conocemos como Tegucigalpa. Su nombre original era Surcagua, que significaba aparentemente, 'lugar de ranas'. Su desarrollo de debió al descubrimiento de sus ricas vetas de minerales preciosos.
Con los hallazgos, aventureros españoles comenzaron pronto a llegar, trabajando las entrañas de las montañas.
Para 1581, ya se registraban alrededor de 1,500 minas en la zona.
Calles empedradas y viejas casonas sobreviven todavía de aquella lejana época de brillo. Pero su iglesia es el principal recuerdo en pie.
Aunque no existen a la mano datos exactos sobre su construcción, se cree que comenzó mucho antes del siglo XVIII (existen apuntes sin confirmar, que señalan 1539 como el inicio de las primeras obras). La edificación, sin embargo, muestra todas las características de un estilo barroco americano, sin los adornos excesivos y opulentos que marcan a Los Dolores o a la catedral de San Miguel Arcángel, en Tegucigalpa.
Y esto es curioso, porque Santa Lucía era una rica población minera; pero por lo visto, la riqueza no se quedaba en el pueblito, sino más bien en las clases opulentas de Tegucigalpa o Comayagua.
La iglesia permanece cerrada por motivos de seguridad, pero los domingos es agradable visitarla antes de las misas y apreciar su Cristo de las Mercedes, una verdadera pieza colonial obsequiada a la comunidad, según la tradición, el 15 de enero de 1572 por el Rey Felipe II de España en agradecimiento a toda la riqueza extraída de sus minas.
Santa Lucía es una comunidad pequeña y amable. Para estas fechas, las mañanas comienzan a arroparse con la neblina fría de las montañas; nada que una buena chumpa y el deseo de probar otros climas no pueda desafiar.
Especialmente si decide pasar un par de noches en el pueblo, caminando alrededor de la laguna al atardecer y durmiendo sin ventiladores ni aires acondicionados.
Si de paso aprovecha para comprar flores y hortalizas, tiene frente a usted un fin de semana apacible y distinto.