Hay historias sobrenaturales que a veces se comentan en las ciudades sin ningún interés; mientras que en los pueblos nuestra tradición oral las convierte no sólo en leyendas inolvidables, sino que en consejos permanentes para los jóvenes. Julio César era uno de esos jóvenes que por las malas compañías cambian con su familia, especialmente con sus madres; era altanero y exigente con doña Carmen, que así se llamaba la mamá. En poco tiempo Julio César se puso en contacto con las drogas y el alcohol; por las noches se reunía con un grupo de amigos en la colonia adonde vivía, aprovechando los rincones para consumir marihuana.
Los vecinos salían a reprenderlos por el fuerte olor de la marihuana consumida en carrucos. Los muchachos cambiaban de lugar constantemente para evitar que la Policía los capturara. Al siguiente día los vecinos encontraban botellas vacías de ron, guaro y cervezas. Ante las quejas de los vecinos, doña Carmen decidió trasladarse con su hijo al pequeño pueblo de San Lucas, El Paraíso, a pesar de las protestas y amenazas del joven.
Mire mamá estoy aquí, contra mi voluntad y usted lo sabe; al final usted es la que se va a quedar porque yo me regresaré a Tegucigalpa.
Hijo mío, hay que darle gracias a Dios porque te sacó de ese infierno. Infierno es éste, aquí la gente no sale de su casa, apenas tengo amigos; definitivamente me voy a ir.
Has lo que quieras hijo mío, aquí me quedo, es mi pueblo, aquí hay paz, prefiero no saber ni ver lo que andas haciendo; pero ese mundo donde vas a regresar se encargará de castigarte. Ningún alcohólico y muchos menos un drogadicto pueden ser felices, la verdadera felicidad está en la fe que se le tiene a Dios.
Una semana más tarde Julio César tomó sus cosas personales y dejó sola a su mamá en la aldea, ni siquiera se despidió de ella. El regreso fue festejado por sus amigotes, lo recibieron con alegría, drogas, mujeres y alcohol.
Púchica loco, pensamos que te ibas a convertir en siembrapapas ¡ja,ja,ja,ja..!
No frieguen ustedes, ésta es mi vida, no la del campo....Esta marihuana que consiguieron sí es de la buena.
¡Punto rojo papa!
¿Qué hace un drogadicto para mantener sus vicios?
¿Trabajar?....nada de eso, la mayor parte de jóvenes metidos en las drogas abusan de sus padres exigiéndoles dinero y finalmente se convierten en ladrones, asaltantes, en enemigos de la sociedad. Julio César se transformó en dirigente de una banda de resentidos sociales y drogadictos.
Unos quince jóvenes entre hombres y mujeres formaron aquella banda que fue conocida como “ Los Ligeros”. Asaltaban en las calles, en los puentes y hasta en las iglesias; posteriormente se dedicaron al asalto de casas y su fama fue corriendo por la ciudad.
El delincuente no sabe en qué momento será atrapado o sufrirá las consecuencias de su maldad; o como dice un refrán popular: “A cada chancho le llega su día”. Una tarde la Policía llevó a cabo una redada sorpresiva y varios miembros de Los Ligeros fueron atrapados, entre ellos su jefe, Julio César.
El muchacho para dar un ejemplo de valentía a sus compinches se lanzó sobre uno de los policías con tan malas suerte que un policía le disparó en el tórax. Poco después la ambulancia llegó por el herido y lo trasladó al hospital.
Hay cosas misteriosas en este mundo y una de ellas es el corazón de una madre. Doña Carmen estaba lavando ropa cuando en el instante que su hijo fue herido de bala sintió un dolor en el pecho, entró en su casa y se acostó mientras le pasaba el dolor. Una vecina que la vio caminando con dificultad avisó a otras de que algo le pasaba a la señora. En poco tiempo la casa estaba llena de mujeres y hombres que asistían a la señora enferma.
Entre tanto, Julio César se debatía entre la vida y la muerte en el hospital; los médicos tenían sus reservas con él. Una noche Julio César sintió que le levantaban la cabeza y le daban de beber agua, al abrir los ojos se llevó la gran sorpresa, era doña Carmen.
Mamá....¿quién......quién le avisó? No hables, hijo, y termina de tomarte esta vasito con agua. Mañana vas a estar bien, te vas a alejar de esa vida que has llevado, tendrás una buena esposa y andarás en los caminos de Dios.
Al siguiente día los médicos quedaron sorprendidos de la pronta recuperación del paciente, dos días más tarde fue llevado a la cárcel y una semana después milagrosamente recobró su libertad; lo primero que hizo fue viajar a la aldea adonde le informaron que su madre había muerto y que la familia se había encargado de enterrarla en el cementerio de la localidad. El día que visitó a su hijo en el hospital tenía un día de haber muerto. Julio César estuvo llorando casi quince días y de rodillas le pidió a Dios que transformara su vida.
Años después se casó con una buena mujer con quien procreó dos hijos. Pero lo más impresionante para quienes lo conocieron como drogadicto fue verlo fundar una iglesia: se había convertido en pastor de la iglesia evangélica. Aquella experiencia sobrenatural y su sincero arrepentimiento lo convirtieron en un hombre de bien.
Esta historia quizás sirva de ejemplo para aquellos que piensen que todo está perdido. Siempre hay una esperanza porque sólo Dios conoce el corazón de las personas.