Todo mundo ha disfrutado de las delicias de un buen plato de pescado, pero pocos sabemos qué es entrar en el mar para disputarle sus deliciosos frutos. Pescar es un deporte y una tarea que requiere dedicación, pero sobre todo mucha paciencia.
Esta antigua práctica transmitida de generación en generación en mi tierra la aprendí cuando era un niño, pero hasta ahora he podido conocer sus secretos, habilidades y métodos de los verdaderos maestros para capturar las especies marinas. Por ser un profesional del periodismo y no haber estado en forma permanente lanzando el cordel con el anzuelo, es frecuente escuchar, de boca de mis propios familiares y conocidos, bromas que ponen en duda mi habilidad en este deporte, lo cual me ha motivado a hacerlo con mucha más frecuencia y mostrarles a los pequeños, quienes han hecho de las playas su hogar. Es parte del legado garífuna y no tenemos por qué perderlo.
Según lo que he podido observar y experimentar, antes de salir al mar, cuando se trata de una pesca a fondo, se deben tomar en cuenta las condiciones climatológicas, pues al no hacerlo se corre el riesgo de naufragar si las embarcaciones son de poco calado.
Son indispensables la minuciosa revisión de las cuerdas, plomadas y carnadas, pues, aunque se llegue al mejor banco de pesca, es frecuente encontrar especies caprichosas que no tocan las carnadas si no están frescas.
Algunos viejos pescadores como Miguel y Julián Suazo, don Portano García y Adolfo Tejada, refieren que antes el recurso era encontrado a poca distancia de la comunidad, pero desde hace una década aproximadamente hay que navegar más de una hora mar adentro para encontrar buenos bancos de pesca.
“Antes había muchos peces en esta zona. En ciertos días, aquí cerquita uno podía llenar un cayuco en un par de horas. Había todo tipo de pescados. Ahora está duro encontrar algo bueno frente al pueblo”, dijo Julián Suazo.
Desde hace tres años he podido acompañar a pescadores experimentados en jornadas de pesca nocturna frente a los Cayos Cochinos y en los Cayitos de Utila, donde se busca capturar especies como yalatel, pardos, cuberas y meros, que son los más buscados, aunque hay una enorme variedad de peces no menos valiosos.
“Los peces se enganchan mejor si la carnada es fresca, aunque creo que cuando quieren picar, con lo que uno les tire los saca”, comentó el pescador Adolfo Tejada. En muchos casos se pican desperdicios viejos de pescado, cabezas de camarón o cualquier tipo de carnada a la que se llama “tufo” con el fin de atraer los peces, pero se debe tener cuidado de que no haya mucha corriente porque si es así, se irán adonde los arrastre la marea.
Prefieren la noche
Pescar de noche en alta mar es una experiencia única, pero se vuelve una pesadilla cuando llega la brisa enfurecida que hace subir las olas o la lluvia hace rezar al más valiente.
“Son momentos en que se piensa mucho en quien uno dejó en tierra firme. Cuando se lanza el cordel al mar, se tiene mucho cuidado de sentir que al tocar fondo no se quede enganchado entre piedras, pues si son rocas “bravas”, es mejor buscar otra plomada.
Las bromas en alta mar hacen más agradable la faena. Si el cordel se enreda, pobre del pescador porque le dirán de todo; si se apresuró alegre a enrollar la cuerda cuando picó la presa y al final resultó ser un pececito, no faltará quien se muera de la risa en un ambiente sano de camaradería.
Estar en alta mar sin luz es como jugar a la ruleta rusa. Cualquier embarcación podría hacer pedazos una lancha o cayuco con su ocupante. Por eso, a lo lejos se ven titilar luces de barcos como señal de advertencia para quienes pasan por el lugar.
Hace un par de años, una lancha rápida mató a un muchacho de la comunidad en alta mar cuando le pasó encima mientras pescaba con otro compañero.
Estaba lloviendo y no tenían luz. El compañero sobrevivió, pero a él nunca lo encontraron”, recordó René Antolín Avila, más conocido como “Soutera” o “Borrachito”.
Todos estos riesgos son compensados con la satisfacción de regresar con la lancha o cayuco repleto, aunque hay quienes prefieren quedarse en la orilla para ayudar a poner las embarcaciones en tierra firme, pues opinan que el mar se hizo para los peces.